A sus 33, Julio Méndez seguía siendo un solitario empedernido. O lo que se llama “un solitario emperdernido”: uno que tiene demasiado miedo o demasiada vergüenza como para arriesgarse al contacto con otros. En el frente sexual las personas no parecían ser lo suyo, ni mujeres ni hombres: después de Sandra lo había intentado un par de veces sin ningún éxito y, harto de caprichitos y fracasos, se había decantado claramente hacia la paja: se compró un aparato de video y un televisor color, en la oficina había un mensajero que le vendía videos bien intensos –los de cueros y máscaras y látigos y gritos lo calentaban más que cualquier otro, sobre todo cuando las azotadas eran rubias– y era mucho más cómodo y excitante rompérsela a manotazos que soportar las tonterías de una chica. Y cuando no tenía más remedio, cuando había fiestas de la empresa o de los egresados de la Universidad, solía ir con su hermana: Karola ya había entrado en sus veinte y no era exactamente linda –su nariz era ineludible y sus ojos saltones– pero sus mechas rubias y sus tetas desbordadas le daban un aire calentito. A veces, sin querer o como sin querer, él la apretaba de más, sentía sus grandes tetas en su pecho y se ponía nervioso y ella se pegaba un momento y después le decía ay Yuls y se apartaba, pero sin violencia ni reproches especiales. Julio, por supuesto, no decía que era su hermana y, a veces, debía soportar burlas de amigos o compañeros de trabajo que no entendían por qué no la apretaba más: siempre venís con esa chica y parece que ni te la cogieras, le decían, y Julio pensaba para sí si vos supieras –y, si acaso, la vez siguiente bailaba con su hermana un par de lentos más pegados, por si acaso, para que no lo descubriesen. Era una buena excusa y, de algún modo, parecía que los dos esperaban el momento de necesitarla.
Había tenido, sí, hacia sus 27 o 28 la intención de formar una familia. Su padre acababa de regalarle, para humillarlo, para subrayar su imposibilidad de conseguirlo solo, un departamento de dos ambientes en Villa Crespo comprado en un remate judicial y Julio pensó que si lo alquilaba y agregaba algo podría alquilar a su vez un tres ambientes donde podría vivir con una esposa y algún hijo. El cálculo era certero, pero hay casos en que el matrimonio y la reproducción no son una cuestión inmobiliaria: le faltaban el impulso, las ganas verdaderas, la convicción de que así su vida sería más su vida –y una mujer que quisiera participar en el invento.
Y, para diluir más todavía su decisión, un domingo tuvo una charla con su madre: que tenía que casarse, le dijo ella, que por supuesto que quería nietos pero que, sobre todo, un hombre sin familia es un bala perdida, un tiro al aire, un despilfarro de todo lo que Dios nos dio. Julio se quedó, como otras veces, distraído pensando por qué su madre cuando lo retaba no lo llamaba “una bala perdida” sino “un bala perdida”: le intrigaba saber el por qué de ese cambio, si no quería ofender su masculinidad, si su madre pensaba en esas cosas. Pero, sobre todo, estaba harto de sus diatribas y no solía contestarlas; esa tarde, sin embargo, la miró un momento y amagó una sonrisa:
–¿Vos no te das cuenta de que habrías sido mucho más feliz si no te hubieras casado con ese hijo de puta?
Su madre lo miró cansada, respiró, suspiró, le dijo que estaba mal:
–Estás mal, Julito, tenemos que hacer algo. Yo no puedo ni imaginar lo que habría sido mi vida sin tu padre, una desdicha tras otra. Él me ha dado la alegría de vivir, él me enseñó a vivir…
Julio no pudo soportar la hipocresía:
–Y por eso te pasaste la vida metiéndole los cuernos con el primero que se te cruzaba.
Su madre le dio una cachetada y después enterró su cara en sus manos y lloró con mocos, hipos y chillidos. Julio se fue y no se hablaron durante varios meses. Julio esperaba que su padre le preguntara algún día que le había pasado con su madre para decirle que nada, que solamente le había hablado de los cuernos que le metía todo el tiempo, pero don Beto nunca le preguntó ni una palabra, por supuesto. Por ese tipo de cosas, Julio se decía que tenía que formar una familia: para criar algún hijo en las antípodas de lo que su padre había hecho con él –o quizá no en las antípodas: aceptaba que tendría que pegarle algunas veces, porque sin eso la disciplina nunca se imprimiría, pero solo cuando fuera necesario y a regañadientes, mostrándole al chico o chica cuánto le dolía a él también tener que hacerlo. Así que se convenció: en el trabajo que tenía entonces se había pasado mucho tiempo examinando a cada candidata posible –cada mujer soltera entre los 22 y los 40 años– sin dar con ninguna que lo convenciera. Salvo una, Beatriz, una contadora de 35 llena de rulos, la sonrisa tintineante y un cuerpo ancho que sonaba a madre: Julio pensó que con ella quizá podría y la invitó dos o tres veces a tomar un café o algo a la salida y, ya puestos en diálogo, se encontró con que era feminista, progresista, casi izquierdista o algo así y empezó a irritarse: el último encuentro terminó con una discusión llena de ardor y desprecios, en que Julio le decía que era una marioneta al servicio de las dictaduras del mundo y Beatriz, que si Hitler viviera él lo habría votado. Julio perdió en un rato todas las ilusiones –y entendió que ella nunca las había tenido. Pero lo sorprendió su propia reacción: nunca creyó que pudiera pasarle algo así: con ese incidente, que terminó de destruir sus sueños familiares, entendió también que había ciertas cosas en el orden del mundo que le importaban más de lo que creía.
Por suerte para ambos tampoco volvieron a cruzarse en la oficina: Julio la dejó poco después.
Al principio el trabajo le había interesado: estaba terminando la facultad cuando un profesor de derecho fiscal le pidió que pasara por su despacho después de la clase. Julio fue, el hombre le ofreció una silla y un café y le dijo que, como seguramente sabía, su trabajo principal no era la enseñanza sino la persecución de los evasores fiscales desde un puesto de responsabilidad en la Dirección General Impositiva, la DGI, y que lo había llamado para proponerle que, cuando se recibiera, fuera a trabajar con ellos. Que tenía varias características que lo hacían muy adecuado, dijo, y Julio, más por gentileza que por curiosidad, le preguntó cuáles eran:
–Bueno, obvio, te veo despierto, inteligente aunque no lo quieras demostrar. Esos son los peligrosos… Y me gustó un detalle: que en los temas que no te interesaban no perdiste el tiempo en tonterías y plagiaste páginas de internet, cosas así.
Dijo el profesor y le sonrió.
–Y que tu familia no tiene una gran empresa o una gran fortuna, así que no vas a tener que ser juez y parte.
Julio le sonrió a su vez: el reclutador le estaba diciendo que lo quería porque era más bien pobre y parecía más bien tonto pero en realidad era un poco tramposo. Se preguntó si el gran profesor sería un poco puto y se lo querría levantar; miró las fotos sobre su escritorio, una parva de hijos, varios nietos –que no significaban nada, claro. En cualquier caso parecía interesado, interesante, y le pidió más detalles del trabajo; el profesor Galván Correa le dijo que el sueldo era correcto pero era un sueldo del Estado, vos sabés, y que siempre hubo agentes que lo aumentaron mucho con las coimas de los infractores pero que su trabajo, justamente, consistía en limpiar toda esa basura y que él creía que él, Julio, era una buena alternativa, junto con otras, dijo, por supuesto, para ayudarlo en eso. Y que era un trabajo que exigía cierta vocación, voluntad de hacer cumplir la ley y no dejarse corromper por los aprovechadores de siempre y que en los momentos álgidos podían ser muchas horas, diez o doce, pero que todo era flexible y que lo bueno era pensar en la cantidad de cosas que se podían hacer con el dinero que recuperaban, los hospitales, los caminos, las escuelas, le dijo, y terminó con una especie de sonrisa pícara:
–Y está el deporte, claro. A mí me hace acordar cuando jugaba de tercera línea en San Isidro. Esto de que traten de pasarte y vos los descubras, les muestres que sos más vivo que ellos, los taclees y se lo hagas pagar… Eso te da un gusto que ni te cuento.
Le dijo, con un entusiasmo inesperado, el profesor Galván Correa, fiscalista eminente.
Tras unos días de dudas, Julio decidió aceptar. El prestigio de la UCiMer le permitía esperar ofertas más jugosas de grandes compañías, pero esto de aprender a pelear en el terreno impositivo lo atraía. Y también, en un primer momento, la aureola justiciera que el profesor había logrado darle a la tarea: que los chorros paguen lo que deben o por lo menos que nos paguen, que no nos tomen por tarados.
Fueron tres años, y las jornadas de doce horas eran las más cortas: Julio trabajó como un desaforado en una oficina de tubos de neón y escritorios gastados, computadoras compartidas, en la calle Moreno, una repartición de la DGI que pocos conocían –y le decían “la perrera” porque estaba llena de sabuesos– en un edificio vulgar de los 70 sin chapas en la puerta ni banderitas declamando patria. No las necesitaban: todos los que trabajaban allí la declamaban mucho, hablaban de aquellos beneficios de su tarea justiciera –aunque un buen tercio, o la mitad, se preocupara más por sus propios beneficios.
Julio, primero, decidió estudiar la situación: revisando casos, preguntando a compañeros veteranos, entendió que el coimero habitual era un tipo que había apartado cualquier moral y que se envenenaba con cualquier guita que quisieran darle –y que lo hacía tan evidente que Correa no podía no descubrirlo y echarlo a la calle. Casi que, por momentos, parecía que le importaba más la trasgresión que la plata, poder decir o pensar que se pasaba las reglas por el forro. Julio había decidido pasárselas pero sabía que, para hacerlo bien, callarlo suele ser mejor: algo había aprendido con los curas. Así que decidió trabajar con cuidado: sería implacable con la gran mayoría, deschavaría a empresarios potentes acostumbrados a comprar funcionarios, pero se elegiría uno o dos por semestre, bien pesados, que le dieran un dinero serio. No recaudó mucho, pero sí lo suficiente para comprarse un cochecito de segunda mano, su primero. Y un compañero le consiguió un funcionario de Chivilcoy que, por una suma razonable, le mandó un registro de conducir reluciente y bastante legal, su foto con los pelos.
El sistema parecía funcionar. Julio era impecable e implacable, de los primeros en llegar, los últimos en irse, y nunca se tomaba un feriado si podía evitarlo. En realidad le resultaba más cómodo y más agradable estar ahí que estar en su departamentito aburriéndose con algún partido pedorro o sacudiéndose la verga sin descanso. O incluso pasando una noche con Geno, su solución para ese campo. Estaba tan distanciado del tema romance, le daba tanta fiaca y miedo y malhumor imaginar todos los pasos y tropiezos de uno, que decidió que la paja era casi suficiente y cada tanto, con disciplina y método, pagarse una de carne y hueso. En el servicio que le recomendó un compañero de la AFIP encontró una santiagueña generosa, de carnes generosas, de boca generosa, de risa generosa, de precios generosos que era, de algún modo, lo contrario de su madre –y eso lo aliviaba. Así que Genoveva lo visitaba cada 9 de mes –la regularidad de las fechas tenía su valor– y se quedaba toda la noche por otra suma razonable; él le pagaba el doble si conseguía “ordeñarlo” –sus palabras. En esos días Julio no tenía los problemas clásicos de tantos hombres, los que hicieron ricas a dos o tres grandes farmacéuticas, sino el contrario, uno que los remedios todavía no atacaron: le costaba un huevo eyacular. Como que su cuerpo no viera en toda esa agitación nada susceptible de ser celebrado con la emisión de aquellos fluidos pegajosos. En cualquier caso cogían, con o sin remate –en general temprano y con todos los recaudos para no contagiarse de nada– y después hablaban de pavadas: a él le gustaba especialmente contarle fraudes fiscales que había armado o desarmado, sabiendo que ella no entendería ni jota; que no los entendiera, que tuviera que simular que lo seguía cuando seguía tan perdida, que le debiera esa obediencia, era la base de su goce. Y, ya en la oficina, la sensación más general de estar haciendo algo que “la gente común” debía agradecerle; por eso tampoco le importaba recibir, cada tanto, amenazas por carta o por teléfono de las personas o compañías que investigaba. Hasta que un día el profesor Galván lo llamó a su escritorio, cara seria, voz de circunstancias:
–No sabés lo que me duele tener que dar este paso, Julio. Vos sabés que yo te aprecio y que aprecio mucho tu trabajo.
El introito era horrible. Julio se quedó callado, esperando que cayera la tormenta. El profesor buscó un tono muy neutro:
–¿Es cierto que hablaste pestes de Perón en un video de la facultad, que dijiste que él fue el que introdujo el virus estatista que arruinó a la Argentina?
–Uy, doctor, puede ser. No me acuerdo, pero puede ser.
–¿Por qué puede ser?
–Porque es lo que pienso. No es que lo piense mucho, pero si me preguntan…
–Estamos jodidos, Julio. Alguien lo encontró y me ordenó que te echara. No podés seguir con nosotros.
–¿Por una boludez que dije cuando tenía veinte años?
–¿Viste qué injusticia?
–Sí, yo la veo. ¿Y usted, profesor, no la ve?
–Sí, claro que la veo, pero qué querés que haga. Acá las cosas son así, me dicen que tengo que hacer algo y yo tengo que hacerlo.
Nunca ese hombre –sus bigotitos teñidos recortados, sus uñas nacaradas, su traje con chaleco, su pelo escaso negro con gomina– le había parecido tan despreciable. Un tipito que aceptaba sin chistar una orden que le parecía injusta, un maricón incapaz de jugarse aunque fuera un poquito por los suyos.
–Entonces será un gusto dejar de trabajar con usted, señor.
Dijo Julio, de repente muy digno, muy brutal, antes de pararse y retirarse. Después, ya en su casa, se dijo que quizá lo había juzgado mal: que quién sabe el profesor había descubierto alguna de sus transas y que, por piedad, por simpatía –o para no tener que hacerse cargo– le inventó una excusa injusta para echarlo sin baldón. La idea era disparatada pero lo molestó durante meses: no saber si el otro sabía lo mataba.
Dos años más tarde su estudio era casi famoso: se decía que no había, en toda la ciudad, nadie más ducho para eludir impuestos que el doctor –incluso le decían doctor– Julio Méndez. Y Julio se regodeaba en esa fama: sí, aprendí de los mejores y después el Estado me dio una beca de tres años para perfeccionar mis conocimientos hasta lo indecible –le dijo una vez a un empresario que le preguntaba si realmente sería capaz de sacarlo de un pozo. Era la idea: pocos conocían como él los procedimientos de los sabuesos que intentaban detectar las evasiones; pocos, por lo tanto, podían evadirlos como él.
Y además tenía su coartada. Cuando lo echaron recuperó la memoria de esos libros “libertarios” que había leído aquel verano y consiguió otros nuevos. Y entonces volvió a pensar –lo tenía olvidado, guardado en algún cajón de su cerebro– que el Estado era una máquina de robar y de impedir y que su gran sistema de saqueo se llamaba impuestos. O sea que esquivar todo lo posible su pago no era solo un trabajo que le daba pingües beneficios; era, sobre todo, una especie de militancia, la aparición de un nuevo Robin Hood que le sacaba la plata al gran ladrón para devolvérsela a sus verdaderos dueños, los empresarios que creaban con su esfuerzo capital para ellos y trabajo para los demás, los que sacaban adelante a la Argentina. Para Julio ese era el mayor gusto, y le daba mucha plata: empezó a ir a comer su bife con puré a un par de restaurantes caros y, por capricho, sacó a la paraguaya de la calle: le pagaba un buen sueldo mensual para que no tuviera que acostarse con nadie más. No por eso la llamaba más veces; la paraguaya, al cabo de unos meses, le dijo que muchas gracias pero que se aburría como una ostra y quería más guerra y no quería engañarlo: prefería decírselo de frente. Julio la miró con su mejor desprecio: qué idiota sos, Genoveva, qué conseguís con ser sincera, si no me hubieras dicho nada te cogías todo lo que querías y me seguías sacando la guita tranquila y todos contentos. Ella le dijo que no era como él, él montó en cólera, estuvo a punto de pegarle, le dijo que no quería verla nunca más; cuando se fue se sintió bastante solo.
Lo que no sabía era si eso le parecía bueno o malo.