Vidas de JM
Vidas de JM Novela interactiva de Martín Caparrós

A sus 50, Julio vivía con miedo –y con razones para tenerlo. Su carrera de asesor impositivo había prosperado: era realmente el mejor para ofrecer a sus clientes todos los modos y maneras de estafar al Estado, sustraerle sus dineros. Su sistema era severo, casi violento pero, por eficaz, la mayoría lo aceptaba: le preparaba a cada cliente una liquidación sin ningún moño –lo que tendrían que pagar si declaraban todo– y, después, la que él podía ofrecerles. La reducción solía estar entre el 60 y el 80 por ciento; él, por el servicio, les cobraba un cuarto de la diferencia –y a los nuevos más. Era duro pero justo: el cliente, aún así, se ahorraba la mitad de sus impuestos y Julio, socio privilegiado de ese Estado tan escarnecido, se llevaba unas sumas deliciosas.

Que –pensaba a veces– no compensaban esta zozobra de vivir con miedo. Ante sus clientes lo disimulaba, pero sabía que trabajaba siempre al borde de la ley y temía que un día u otro la ley se diera cuenta –y su negocio se fuera al carajo y quién sabe él también. Vivía nervioso, revisando cada procedimiento varias veces, controlando las cuentas y actividades y hasta el ocio de sus diez empleados –por miedo de que alguno lo estuviera traicionando–, filtrando cada vez más a los futuros clientes: los hacía investigar por Grulder, un oficial de policía que trabajaba para él y le indicaba, según la historia fiscal y personal de cada cual, que lo aceptara o que lo declinara. (Los ejemplos son bobos: Guglielmini, digamos. Enzo Guglielmini era un hijo de italianos que había montado una zapatería que pronto se transformó en una fábrica de zapatos que vendía a las boutiques más finas, que les ponían su marca y los ofrecían por siete u ocho veces su precio mayorista. Su operación era casi legal –salvo por las docenas de bolivianas que tenía encerradas en dos galpones de Florencio Varela produciendo sin parar, amenazadas, y por el flujo de dinero negro, nada raro– pero, le dijo Grulder, tenía un problema grave: se había enamorado de una bataclana cara, corista de un programa de televisión, que ya le estaba sacando fortunas y que, si seguía así, lo iba a arruinar. Y es entonces, le dijo, cuando los hombres como este hacen cagadas que lo pueden arrastrar, doctor, no le conviene.)

Toda la situación le exigía mucha mesura. Julio sabía que si no se equivocaba podía mantener el negocio funcionando así de bien durante décadas, mientras quisiera, y asegurarse una entrada más que pingüe. No necesitaba ganar más. El problema podía venir de las ganas de mostrar y mostrarse que podía ganarles a todos: ahí estaba el peligro.

Al cabo de un tiempo, harto de las complicaciones, contrató a su hermana Karola, la nombró gerente del estudio y le entregó la mayoría de las decisiones. Si ella le decía que avanzara avanzaba, si le decía que lo dejara lo dejaba, sin siquiera discutirle las razones: siempre había sabido que ella sabía mucho más que él de casi todo. El truco consistía en no dejarse ganar por la ambición y la codicia, y era allí donde su miedo se multiplicaba: sabía –se conocía– que podría ser presa fácil de esas tonterías. Su hermana se lo recordaba cada día: no hagas cagadas, Yuls, haceme caso, no te pases de ambicioso, no ostentes que te agarran –le decía, y le armaba planes de inversión en paraísos para que fuera escondiendo las ganancias. Era bastante extraordinaria: sin formación en la materia, a fuerza de preguntar y buscar en la web, encontraba opciones atractivas –aunque, a veces, perdía o la estafaban. Aún así, Julio no imaginaba la posibilidad de rechazar sus consejos, y comían o cenaban juntos dos o tres veces por semana: lo seguía sorprendiendo la cantidad de tiempo que podían pasarse callados sin sentirse incómodos. Ella tenía, también, un cuarto en su chalet y lo ocupaba con frecuencia. Él sospechaba que no tenía –siempre había sospechado que no tenía– novios serios, pero no se lo preguntaba para no obligarla a mentirle o desmentirlo. Y siempre, cada vez, Julio se cabreaba de que no hubiera más mujeres como ella. Por suerte estaba ella; Julio lamentaba tanto que fuera su hermana. Y lo atraía tanto que fuera su hermana. Parecían, en muchos aspectos, un matrimonio bien avenido de mediana edad. Les daba mucho gusto simularlo, aunque nunca estaba claro de antemano hasta dónde llegaría la parodia. Cuando se les iba de las manos Julio solía sentir, por unos días, un escozor extraño.

Pero estaba tranquilo. Le parecía que tenía la vida que quería o algo parecido: quería la vida que tenía. Ganaba mucha plata y evitaba dejarse tentar por el lujo y el derroche: no solo por precaución; tampoco tenía mucha imaginación para esas cosas, lo aburrían, le parecían huevadas de petiso y él, petiso sin remedio, dedicaba mucha atención a no hacer cosas de petiso. Se había comprado aquel chalet de ladrillo visto y tejas negras en un barrio privado del norte, club house, cancha de golf y vecinos pretenciosos, donde vivía solo. Había intentado jugar al golf pero era malo y el golf es un deporte de representación, uno que se juega con clientes y conocidos importantes para demostrarles lo bueno que es uno –así que jugar mal es un negocio pésimo. Tomó clases particulares, se compró unos palos supersuper, se alquiló el mejor caddie para que lo guiara, terminó por dejarlo. Tenía un chofer que lo llevaba y lo traía: un paraguayo amigo de Grulder –conocido de Grulder– que le aseguraba cierta seguridad en los traslados: siempre podía haber algún ladrón tarado que creyera que, porque manejaba contabilidades millonarias, andaba con millones en el coche. Pero, al mismo tiempo, su hermana lo obligaba a usar ropa medio gastada y zapatos de dos o tres años y un reloj ordinario.

La vida se le había vuelto un poco estúpida y no podía echarle la culpa a nadie: él se la había montado así. En esos días vio en la tele a uno que decía que todo hombre debía tener un hobby, un espacio solo suyo donde nadie viniera a hincharle las pelotas –aunque el tipo de la televisión lo decía distinto: “donde nadie venga a perturbar su paz interior”. Y después hablaba de algunas posibilidades: la pesca, la filatelia, el bricolaje, el armado de barquitos históricos. Julio se enganchó con la palabra filatelia –sabía que filos era que te gustara algo, así que debía ser el gusto por la tela, la bishusha, el famoso dinero– y, siguiendo las instrucciones del programa, se fue al parque Rivadavia, se compró un album “principiante avanzado” con una pequeña colección de estampillas argentinas, y trató de interesarse en ellas. Lo primero que lo irritó fue ver que había tantas con la cara de Eva Perón, esa puta reventada. Pero bueno, dijo, eso se puede corregir, y al fin de semana siguiente se fue al parque a cambiar todas sus Evas por San Martines y Belgranos, que le parecían mucho más dignas, y unas de vacas y de toros, más bonitas. Le duró poco, en realidad: a las tres o cuatro semanas estaba harto de esos papelitos que, además, había que tratar con un cuidado con que no había tratado nunca nada. No los tiró a la basura de milagro –o de tacaño–: volvió al parque Rivadavia y consiguió que se lo compraran por un cuarto de lo que había pagado –y vuelta al aburrimiento y a la tele.

Entonces pensó que tenía que hacer algo que le importara más y lo sacara de su casa y se le ocurrió ser fan: hacerse seguidor y experto empedernido de algún grupo de música que le gustara en serio. La elección no fue fácil: primero pensó en algún grupo del momento y no encontró a ninguno que estuviera a la altura. Había buenos, pero sabemos que para cada quien la verdadera música es la que escuchó antes de cumplir veinte. Y eso, para Julio, podían ser Pink Floyd o los Rolling Stones o los Beatles, pero le parecieron demasiado obvios y terminó eligiendo a un grupo injustamente olvidado que él había cantado hasta el desmayo: la Joven Guardia. Tantas veces sintió que habría querido ser el extraño del pelo largo que les debía esa devoción. No fue fácil encontrar cómplices; al final descubrió que el primer martes de cada mes, en una disquería de Ramos Mejía, se reunía el único club de fans de la Joven Guardia y que a veces, incluso, concurría Carlos Bisso, que no formó parte del grupo pero estuvo a punto. Roque Narvaja, en cambio, se negaba. “Vagando por la calle,/ mirando la gente pasar,/ la gente pasar…”, empezaba cada reunión, con los ocho o diez asistentes cantando a voz en cuello el gran hit de su banda. Julio se sentía cómodo, se compró todos los vinilos –le habían dicho que los verdaderos fans no pueden escucharlo de otro modo– y al cabo de cuatro o cinco encuentros empezó a sentirse un poco estúpido: todo consistía en una competencia entre ellos para ver quién sabía más anécdotas o datos sobre Roque, Hiacho Lezica, Quique Masllorens, y por lo tanto podía demostrar que era mejor fan –y él, el novato, siempre sabía menos: otro lugar donde era el boludo de la clase. Y le daba una especie de envidia: empezó a pensar demasiado en lo bueno que debe ser tener fans, hinchas, seguidores. gente que quiera saber todo sobre vos y que solo se entere de lo que querés mostrar, que vayan armando el personaje que querés ser y te devuelvan la imagen que siempre quisiste tener, que no te quieran por lo que sos sino por lo que querrías ser, pensaba. Y a él, que nunca le había pasado ni le iba a pasar nada por el estilo, lo llenaba de rencor. Por ese camino raro terminó de entender lo triste, lo inútil de su vida. Dejó de ir, por supuesto, y se guardó los discos en el sótano y volvió a escucharlos, cada tanto, en los casetes que todavía tenía.

Así que vuelta al tedio y a escuchar con deleite obsesivo su colección de discos de los Beatles y de la Joven Guardia y un aria de Puccini que, sin saber por qué, lo hacía llorar cada vez que la oía. Se lo preguntó, durante mucho tiempo, hasta que aceptó que no sabía y que era un privilegio –se dijo que era un privilegio, otra muestra de su personalidad tan especial. Que era, ya a esta altura, la que justificaba su soledad, sus fracasos sociales: son todos unos idiotas, una manga de tarados y taradas vulgares, ahí está mi condena: es tan difícil encontrar alguien a mi altura. Pero bueno, es el precio que tengo que pagar por ser quien soy.

Así fue. Durante años su vida fue un éxito monótono: pocos viajes –no le gustaba el extranjero–, los trajes cada vez mejores bajo protestas de Karola, algún arreglo en el chalet, el coche nuevo cada tres o cuatro años, la soledad orgullosa, la convicción de ser mejor que nadie y sin embargo aquellas dudas: ¿no habría desperdiciado su talento en esta actividad? ¿Si era tan bueno para ella, no podía haber sido igual de bueno en algo más significativo que ganar plata ayudando a unos huevones millonarios a ganar algo más? A veces se consolaba pensando en sus viejas ideas: con su acción contribuía como pocos a defender a las víctimas inermes del Estado. Pero su tedio y sus cavilaciones se interrumpieron un jueves a las 10 de la mañana con un timbrazo como tantos. La secretaria preguntó quién era y escuchó el grito: ¡Policía!

Eran seis e iban de civil; mostraron placas. Los dos que mandaban entraron en su oficina, le preguntaron si era él, le mostraron una orden de allanamiento y otra de arresto. Julio nunca había pasado por un trance semejante. Cuando protestó –genuinamente sorprendido, tan poco sorprendido– le dijeron que buscaban pruebas sobre el lavado de dinero de un narcotraficantre rosarino cuyos impuestos manejaba, lo que lo volvía probablemente cómplice.

–Y le digo probablemente por mantener las formas. Usted es cómplice, está todo firmado, no hay forma de que no lo sea. O más que cómplice: la declaración que le hizo es una porquería, doctor. Estaba tan mal dibujada que fue por eso que empezamos a sospechar y al final lo agarramos.

Le dijo el más alto, un señor canoso de bigote ralo, un cincuentón elegante que podría haber sido su vecino en el barrio cerrado. Eso también lo preocupó: los policías no suelen ser así.

–Pero la complicidad tiene niveles y niveles. Si usted colabora, doctor Méndez, por supuesto que le conseguiremos el más bajo.

Él preguntó cuánto era el más bajo, el canoso le dijo que dependía de varias cosas, él preguntó qué cosas, el canoso empezó a enumerarlas, se enredaron. Julio no podía dejar de pensar en lo que le había dicho: que todo el error había sido suyo. Era cierto que últimamente estaba tan confiado que casi no revisaba lo que hacía. O no lo hacía: dejaba hacer a alguno de sus empleados. Seres inferiores, nunca tendría que haberlo permitido. La discusión seguía; el canoso se hartó, golpe sobre la mesa:

–Basta de vueltas, Méndez. Si vas a hablar, hablá, y si no no rompas más las bolas. Silveyra, andá sacando las esposas.

Julio tembló –sin querer, sin decisión tembló– y pensó que sí, que era mejor hablar que ir a la cárcel, que ya después vería cómo hacía pero que no quería ir a la cárcel. Estaba por rendirse pero el canoso no le dejó el tiempo necesario:

–Viste cómo todos terminan por hablar. Vos te torciste rapidito.

Le dijo, con una sonrisa desdeñosa, y Julio no lo soportó:

–Salvo de mi trabajo y mis clientes, podemos hablar de lo que quieras.

Esa noche durmió en un calabozo del Departamento Central de Policía, en la calle Moreno. Cuando le dijeron que podía hacer una llamada estuvo a punto de perderla buscando a su hermana: en el fijo no le contestaba y el móvil parecía apagado. Se preguntó qué andaría haciendo, intentó dejar de preguntárselo. Todavía le quedaba su llamada: Bendersky era un abogado que había conocido por cuestiones de trabajo y parecido muy solvente. A la mañana siguiente el doctor Bendersky –anteojos culo de botella, una bufanda gruesa, un sobretodo de camello azul oscuro– fue a verlo, le tramitó la libertad provisional y, en el bar de la esquina con San José, frente a dos cafés con leche y varias medialunas, le dijo que su caso, al fin y al cabo, podía ser muy simple:

–Te tienen agarrado: vos le firmaste las declaraciones a un ñato que mueve millones en coca y esas cosas, estás listo. Tus opciones son dos: o hablás como ellos quieren a cambio de una pena muy chica o los corrés con la vaina. Pero tiene que ser una vaina debute.

Dijo, y le explicó:

–¿Tenés a alguien importante de cliente?

–Mis clientes suelen ser importantes, si no, no son mis clientes.

–Tranquilo, Méndez, no te agrandés que te podés comer años de cárcel.

–¿A qué te referís, entonces? ¿Quién es importante?

–Te digo algún político o alguien con mucha llegada a algún político que pueda hablar con el juez y borrarte del caso. Alguien a quien podamos apretar amablemente haciéndole ver que si no lo hace te van a investigar a fondo y vaya a saber lo que encuentran de él.

Dijo Bendersky y Julio, por primera vez en muchas horas, se rió:

–O sea que hacemos lo mismo que los canas y esperamos que el miedo de mi cliente sea más fuerte que el mío.

–Si querés decirlo así…

Julio le habló de Pedro Sanz Brioles, un diputado de la derecha, jefe de un partido muy chiquito y elitista, Libre Mercado, que tenía mucha influencia, no tanto por su sello de goma cuanto por sus 70 o 100.000 hectáreas de pampa de primera y sus amigos y conocidos y deudores. El partidito tenía muy pocos afiliados y grandes donaciones de una serie de empresas que usaban su discurso y sus desplantes para conseguir ventajas del gobierno, y Julio llevaba varios años blanqueando esas contribuciones. No era fácil enredar las pistas cuando un partido tenía tan poca circulación, tan pocos afiliados –pero él lo conseguía.

Así que Bendersky fue a hablar con Sanz Brioles que, venciendo su natural repulsión a hacer tratos con judíos, le dijo que no se preocupara, que él lo arreglaba en tres o cuatro días. Una semana después, Sanz y Méndez almorzaban en el comedor del Jockey Club. Julio nunca había estado allí y le hizo gracia tener que pasar por la cárcel para conseguirlo –porque para él, aunque no quisiera reconocerlo, comer en el Jockey era un logro importante. Sanz pidió un vitel toné para los dos y después cada uno un bife con ensalada: buena vieja comida criolla, le dijo el diputado, nada de tonterías de nuevo rico. Julio suspiró aliviado: antes de sentarse había tenido miedo. El diputado le habló de pavadas durante todo el trámite y esperó hasta los postres –la poderosa isla flotante– para ir al grano:

–Usted sabe que durante muchos años el nuestro fue un partido chico, que nunca quiso crecer más: su papel no estaba en el número, en el roce con la masa sino en la influencia de salones y escritorios, de comedores como este. Pero últimamente, con el cambio en la situación social y económica, hemos pensado que se hace necesario cambiar también de condición y de estrategia. Queremos crecer, vamos a crecer, y creemos que usted sería una adición muy importante.

Julio se atragantó con el merengue: esperaba cualquier cosa menos esa. Supuso que era una forma de comprarlo: tenía demasiada información sobre los chanchullos de Libre Mercado y su financiación culpable y seguramente Sanz Brioles quería asegurarse su silencio. Ya le había hecho el gran favor de hablar con el juez y limpiarle la causa, y ahora le ofrecía un puesto o algo así; quizá después no fuera tan amable. No quería, decididamente no quería integrarse a ese grupo: no le interesaba meterse en política y menos con ese club de cajetillas codiciosos.

–Diputado, no sabe cuánto me honran sus palabras. Y cuánto me gustaría poder tomar una posición como la que me ofrece. Pero yo soy uno que hace, no uno que dice.

Era, sobre todo, una manera de zafar: Julio no creía que un partido así tuviera el menor futuro en el panorama político argentino. Ellos, con sus vacas y sus contratos corruptos, podían permitirse andar por ahí diciendo sus cositas; él, si lo hiciera, se pondría en peligro. No pensó –en ese momento no pensó– que de todas formas ya lo estaba.

–Yo llevo décadas socavando con mi trabajo este Estado que su partido, nuestro partido, intenta desarmar. Imagínese si tuviera un cargo público, me pondría bajo los reflectores y ya no podría hacerlo.

Insistió, y se sintió tan satisfecho: le estaba diciendo, con toda elegancia, ustedes hablen, hablen, hablen, que yo mientras lo hago. Era una forma de –no– llamarlos charlatanes. Sanz Brioles tuvo que aceptar la cordura de su razonamiento: le ofreció un puro no muy grande –el comedor del Jockey era uno de los pocos rincones argentinos donde todavía, en 2017, se podía fumar con el café y la copa– y le dijo que igual contaban con él, que seguirían en contacto. Julio le dijo que claro, por supuesto, y le deseó la mejor de las suertes. Después, ya en la avenida Alvear, pensó que quizá se había equivocado: tantas veces llegaba a la conclusión “correcta” cuando ya había dejado de serlo. Porque su problema, ahora, no era Sanz Brioles ni sus alegres estancieros; el peligro era el narco rosarino que había caído por su error y debía tener gente buscándolo para cobrárselo de alguna forma: casi todas serían bastante incómodas. Tenía que hacer algo, y quizá la protección de los cajetillas le habría servido. Aunque seguramente no: lo más prudente, pensó, era rajar de Buenos Aires, quizá de la Argentina, pasarse una buena temporada perdido hasta que el narco se olvidara, se muriera, se agarrara un alzheimer salvador, se convirtiera al taoísmo.

Al otro día, todavía en su casa, recibió un llamado: hijo de puta, te creés que no sé dónde estás; pero no te preocupes que no vas a estar por mucho tiempo más, le dijo y le cortó. Julio respiró hondo, trató de frenar el ataque de pánico que sentía crecer desde la boca del estómago y supo que era cierto: que tendría que huir lo más lejos posible, dejar su vida y buscarse una nueva. O, si acaso, acabar con las dos. Quizá, pensó, había elegido mal a su enemigo: el Estado, al fin y al cabo, no era tan peligroso. Quizá realmente le conviniera juntarse con alguien serio y entregarle todo.