Julio ya tenía 42 años cuando su padre se murió de una infección de cuerpo entero. Julio recibió el llamado en su oficina; su secretaria le dijo que ya mismo cancelaba sus dos últimas citas y él le pegó un grito que llegó a asustarla: que no, de ninguna manera. Esa tarde siguió con su trabajo, se quedó hasta después de hora revisando unas declaraciones y recién llegó al velorio a eso de las once de la noche, tras cenar su bife con puré, y se quedó media hora, tres cuartos; al otro día, en el entierro de la Chacarita, se dio un abrazo largo y apretado con su hermana Karola y después se mantuvo en tercera o cuarta fila detrás de docenas de choferes. Trataba de no hacer muchos gestos: intentaba disimular –sobre todo ante sí mismo– su módica alegría. No estaba exultante, en modo hijo de mil putas por fin te van a comer el nabo los gusanos, pero le parecía que esa muerte podrida era un final coherente, que le dio cierta fe en el orden de las cosas o, incluso, por un momento, en el Dios de los curas. Y unos días más tarde, cuando se abrió su testamento, se sorprendió al ver que había legado su empresa floreciente –ya casi 40 taxis– a su mujer y sus dos hijos por partes iguales, pero decidido que su hijo varón se ocupara de la administración y dirección. (También había dejado, en previsión de su previsible ausencia, un cuaderno Gloria de 48 páginas lleno de indicaciones sobre el manejo del asunto, escritas con su letra despareja y una variedad de biromes y colores que lo emparentaba con cualquier carnaval de pueblo chico.)
Julio tuvo semanas de incertidumbre y dudas. Por un lado quería mantener su estudio fiscal, que funcionaba cada vez mejor; por otro, seguir defraudando al fisco era una actividad riesgosa, que podía terminar muy mal y, en cambio, administrar los taxis que dejaba el finado parecía tan cómodo. Por supuesto que, si aceptaba la herencia, seguiría aplicando sus conocimientos para pasar a dirigir la empresa que pagaría menos impuestos –que evadiría como una anguila bañada en vaselina– en todo la república, pero el peligro de ese juego no se comparaba con los del estudio. Aunque tampoco la excitación del fraude permanente se comparaba con el aburrimiento de los taxis. Se dejaba tentar por la seguridad; quería verse como alguien dispuesto al riesgo y la aventura pero no lo lograba; al mismo tiempo, le pateaba el hígado seguir cumpliendo con las órdenes de su padre. Así que no sabía, dudaba: decidió consultar a su hermana Karola. Que le pidió media hora para reflexionar, se encerró en su cuarto con una hojita de papel y salió para decirle que tenía que agarrar los coches y dejar los impuestos.
–¿Por qué, Karo? ¿Qué cálculos hiciste?
–¿Cálculos? Mirá si me voy a poner a hacer cálculos. Vos sabés, puse la mente en blanco como esa hoja blanca y esperé que el universo contestara. Y me dijo clarísimo que lo tuyo debía ser el movimiento, traer y llevar, dar servicio a los demás. Los taxis.
Julio respiró hondo; no le gustaba tanto la idea pero sabía que iba a hacer lo que Karola le dijera.
–¿Y no puedo hacer las dos cosas?
–¿Podés hacer las dos cosas?
–No, tenés razón.
Julio nunca se había opuesto a los consejos –¿consejos?– de su hermana, y no iba a empezar ahora.
–Taxis, entonces. Necesito unos días para cerrar bien el estudio, terminar lo que tengo en marcha.
–Claro, por supuesto.
No lo soportó. Al principio, volver a la oficinita al fondo del garaje donde su padre manejó su empresa durante tantos años le había producido una rara emoción que no esperaba –e intentó desechar. Muy pronto la emoción se le volvió impaciencia y rabia: su padre debía estar mucho peor que lo que parecía y llevar mucho tiempo sin ocuparse en serio; sus cajones eran un nido de papeles, cuentas, insumos y facturas en absoluto caos. Durante un par de meses Julio durmió mal, vivió peor, no comía ni su bife con puré, se estreñía hasta niveles difícilmente soportables. Estaba flaco y ojeroso y temía que sus intestinos estallaran; una tarde de domingo, tras un almuerzo de los dos con su madre, Karola le preguntó qué le pasaba. Julio le dijo que nada, que quizás estaba trabajando mucho. Karola le dijo que le mintiera a los demás pero no a ella.
–No hay demás, Kari, vos sabés.
–Lo que yo sé es que vos no sos papá. Por suerte para vos, por suerte para nosotras y por desgracia para todos, también, vos no sos ni podés tratar de ser papá.
A veces hablaba así, desde la altura, con toda la seguridad del mundo: esas veces –tantas otras era una nena asustada– Julio no podía dejar de escucharla. Y se preguntaba de dónde le salía, si era de verdad ella: no lo parecía.
–Él era él y nos jodió la vida; vos sos vos y, si querés seguir sus pasos, solamente te la vas a joder a vos. Dejalo, Julio, ya está muerto.
–Es que estoy todo el día con su sombra y su cuadernito y sus coches y sus empleados…
–Dejalo, hermano. Esto no es bueno para vos.
Karola solo le decía “hermano” en las grandes ocasiones –o, como esta vez, para convertir una charla casi casual en una de ellas. Julio lo entendió, y ni siquiera se preguntó por qué su hermana le estaba recomendando lo contrario de lo que le había recomendado meses antes: lo aceptó. Al otro día llamó a la agencia de Clarín para poner un aviso destacado: la venta de una flota de 40 taxis funcionando con sus garajes y choferes. La sacó a un precio razonable: la empresa se vendió en menos de dos meses.
De pronto tenían mucha plata: nunca habían visto tanta junta. Julio convocó a su madre y a su hermana a una reunión en el departamento familiar –que ahora, ante tanto dinero, se veía muy modesto, chiquito: su padre, pensó Julio, además de todo había sido un tacaño. Esa tarde, después de comer, Julio les dijo que tenían que decidir qué hacían con el dinero: él tenía una idea que proponerles.
–El viejo se metió con esto de los taxis porque era lo único que sabía hacer, pero no es una industria muy rentable. Tiene muchos gastos, poco margen, y es fácilmente reemplazable: cuando se pone muy caro, cuando nosotros empezamos a ganar buena guita, mucha gente se vuelve al colectivo o a sus propios coches. Dependemos demasiado de la gente. Tenemos que dejarlo atrás, necesitamos encontrar una forma mejor de invertir lo que es nuestro.
Dijo y que, tras mucho pensarlo, había decidido que nada era tan seguro como la alimentación: que las personas son tan imbéciles que pueden dejar de lado casi todo pero no comer, y que cuál es la comida argentina por excelencia, la representación misma de la argentinidad.
Dijo doña Beba, feliz de poder romper su silencio.
–No, vieja, eso en las estampitas. En la vida real, lo nuestro de verdad es la pizza. Buena, bonita, barata. Y eso es lo que yo quiero hacer: una cadena de pizzerías. Pero ¿saben cuál es la genialidad de mi idea?
Madre y hermana se quedaron calladas, expectantes. Ninguna de las dos creía que una idea de su hijo y hermano pudiera ser llamada genial, pero tenían que escucharlo.
–Que no vamos a tener salón, no habrá que gastar en muebles, luces, mozos, impuestos, cubiertos, servilletas, lavacopas, nada de eso.
Les dijo, y que la idea era hacer unos talleres de pizza en tres o cuatro galpones, al principio, de modo de repartirse por toda la ciudad, y ahí fabricar las pizzas y mandarlas a las casas: aprovechar esta moda nueva de los morochos que van en bici a llevar lo que sea adonde sea para ahorrarse todos los gastos y llenarse de guita. Las dos mujeres no sabían qué decir –pero sabían, al mismo tiempo, que nada que dijeran serviría para nada. Doña Beba intentó un último recurso:
–Tu proyecto me parece muy lindo, Juli, va a andar bien. Pero, por si acaso, quiero pedirles que invirtamos la mitad de la plata, no toda. Por cualquier cosa, ustedes saben cómo es este país.
–¡Mamá! Vos lo que no querés es…
Empezó a decir Julio y se calló. Lo que iba a decir era evidente: su madre no tenía confianza en él y no quería quedarse en la calle por sus raptos geniales. Que ella lo viera así era triste pero tenía razones, así que se calló la boca.
Karola fue más enérgica: dos días después llamó a su hermano y le dijo que quería participar en el proyecto de las pizzerías. Julio le dijo que sí, claro, pero que ahora todo iba a ser más chiquito, con la mitad de la guita podrían empezar con dos talleres como máximo. Karola le dijo que no era poco, que así podían ocuparse uno de cada uno; Julio tenía otros planes pero no pudo decirle que no. Enseguida, ella le dijo que, para que las pizzas cumplieran con la condición que él había dicho, tenían que ser muy baratas, casi más baratas que cocinar en casa. Y que para eso no podían permitirse tener trabajadores en blanco porque se les iba demasiada guita en cargas sociales, que el Estado te afana, y que no podían tener instalaciones complicadas y que tampoco podían usar productos demasiado buenos, pero que todo eso se podía solucionar con inventiva y mucho condimento.
–Vas a ver, Juli. Vos ponés la idea genial, yo la llevo adelante.
En menos de dos meses ya tenían los dos galpones: uno cerca del puente Pueyrredón para la zona sur, el otro en Villa Ortúzar para el centro y norte. El de Ortúzar estaría a cargo de Julio; el de Pompeya, de Karola. Contrataron a un maestro pizzero argentino que armó las instalaciones y las puso en marcha; todos los demás empleados eran paraguayos y bolivianos, uno o dos peruanos. La condición era que nunca antes hubieran trabajado en restauración: Julio insistía en que los que sí lo habían hecho estaban llenos de trampas y truquitos, y que estos capaz que no sabían mucho pero ya aprenderían, que él precisaba gente dispuesta a pasarse doce horas por día frente al horno o pelando tomates o amasando, y nada de protestas. Cuando los contrató quedó encantado: a diferencia de los choferes de los taxis, que escapaban a su control y podían robarle sin problemas, estos no tenían ningún contacto con la plata y, como los revisaban al salir, ni siquiera podían llevarse una bola de muzza.
Los ensayos fueron breves: no querían producir mucha variedad sino unas pocas –muzzarella, napolitana, jamón y morrones, fugazza, fugazzeta, faina– para facilitar todo el proceso: en dos semanas ya estaban operando. Las pizzas no eran ni ricas ni feas sino todo lo contrario: gordas, grasientas, y sobre todo muy baratas. El maestro pizzero les había preguntado si las querían con o sin glutamato; los hermanos no supieron qué decirle. Entonces él les explicó que el glutamato es una sustancia que les podía poner que hacía que la gente las comiera sin parar, y que casi nunca era nocivo.
–¿Casi nunca?
–Bueno, dicen que de eso no se muere nadie.
Julio no preguntó más, le dijo que adelante. Sin locales a la calle, Pizzamén tenía que darse a conocer: pagaron –carísimos– avisos en un par de radios donde ofrecían dos pizzas grandes por el precio de una sola en cualquier otra pizzería. Los pedidos fluyeron, los ciclistas volaron, los empleados debían quedarse más horas todavía. Julio les dijo que no se preocuparan: que cuando trabajaran más de doce la empresa les daba una pizza a cada uno.
Dos meses después, cuando los hermanos por fin pudieron reunirse para evaluar lo sucedido, les saltó la sorpresa: pese a que habían vendido –y seguían vendiendo– toneladas de pizza, los beneficios eran muy escasos. Y, además, la sucursal de Karola había ganado bastante más que la de Julio –y no encontraban el motivo. Karola insistía, generosa, en que debía haber algún error de cálculo; no quería que su hermano se sintiera disminuido. Como sabía que no lo había, propuso que lo buscaran en otro momento; Julio estuvo de acuerdo. El problema urgente era aumentar los beneficios, y no había muchos modos: no podían disminuir el gasto salarial, resumió Julio, porque los sueldos eran de lo más bajo, y no podían echar a nadie porque tenían el personal menos que justo y trabajando catorce horas diarias. Así que la única solución era achicar el gasto en los insumos. Karola se sonrió y le dijo que ella lo había estado intentando –y no lo dijo, pero eso explicaba la diferencia de ganancias–: que si compraban materia prima al borde del vencimiento la podían conseguir por mucho menos.
–Genial, Kari. ¿Y eso dónde se consigue?
Le preguntó Julio, y su hermana le dijo que ella tenía un proveedor, un tal Alcides, que tenía un galpón cerca del puente pero del otro lado, ya en Lanús, que se lo pasaría.
–¿Y sabemos de dónde saca los productos?
–No, Juli, no sabemos, ni queremos saber. Mientras mantenga los precios que tiene… Lo que te puedo decir es que tiene buenas vibras, yo lo escanée sin que se diera cuenta y está en orden.
Julio creía en su hermana, en las capacidades espirituales de su hermana, y no preguntó más. En los tres meses siguientes los beneficios crecieron y tuvieron incluso que contratar a tres o cuatro bolivianas más para seguir armando cajas y los chicos de las bicicletas un día se plantaron y les dijeron que dejaban de repartir si no les pagaban algo más que las propinas de los clientes y Julio le dijo al jefe, un tal Shonatan, que si no volvían a trabajar cagando aceite le diría al comisario tal que lo que repartían era droga y terminaban todos presos, que él tenía las pruebas. Julio no tenía ninguna pero imaginó que sería cierto: debía serlo, porque el movimiento se desactivó en una hora y media.
Ese mediodía, en casa de su madre, fue la primera vez que almorzaron su pizza. En principio habían decidido, por un tema de dieta y orden, no comerla nunca: se decían que era por no engordar; lo cierto es que no confiaban en sus ingredientes. Pero ese mediodía se cumplían nueve meses desde la apertura y decidieron romper por una vez la regla. Se trajeron una fugazzeta, una de jamón y morrones, una napolitana, una común: se repartieron los pedazos. Julio se dijo que la imaginaba más rica pero no dijo nada; miró las caras de su madre y su hermana, que hablaban fuerte sobre unos sobrinos y las inundaciones en Corrientes y la liquidación de lanas en la mercería de Carlota. Los tres comieron y comieron y sonrieron en un esfuerzo tan loable por no decir que esa pizza era una mierda. Era, más que nada, un gran negocio, y la vida les sonreía: Karola seguía ganando un poco más pero no tanto, Julio sentía que había inventado algo, su madre les dijo, por primera vez en su vida, que estaba tan orgullosa de ellos.
Además, para Julio trabajar con Karola era un sueño: alguien en quien confiar, alguien que no lo desdeñaba, alguien que se ocupaba de todos esos detalles que él, que estaba para más, no registraba ni quería registrar. Las vidas de los hermanos estaban dedicadas por completo a la empresita, y a Julio no le molestaba: destinaba todas sus horas a sentir sus progresos y no tenía que pensar en ocupar un tiempo libre que ya no tenía. Estaba haciendo algo mucho más importante: construirse un futuro.
Tras ese almuerzo, Julio quiso reunirse con el proveedor. Alcides los recibió en su galpón de Lanús, lleno de comida amontonada, envases no muy limpios, cuatro o cinco mujeres lavándolos al fondo. Alcides era un hombre gordo, pelo negro enrulado, nariz grande, quizá cincuenta años, que los recibió con un vaso de vino a las diez de la mañana, les sonreía como un loro y les preguntó, obsequioso, qué necesitaban.
–Nada, saber un poco más sobre el origen de la mercadería. ¿Cómo es que la consigue tan barata?
–Porque somos el país del despilfarro, maestro, acá tiramos todo como si fuéramos millonarios. ¿Usté es millonario? Yo tampoco.
Le contestó el gordo, catarata de sonrisas falsas. O quizá no lo fueran: las mejores son las que no se sabe. Julio le dijo que no terminaba de entenderlo.
–Es fácil, maestro, acá tiramos todo y yo lo recupero. ¿Usté sabe lo mal que le hace al mundo tanto despilfarro? Nosotros somos hecológicos, con hache, no como lo escriben esos brutos. Somos hecológicos y recuperamos.
Dijo el gordo y se zampó su tinto de un buen trago y, ya en confianza, les explicó que tenía dos fuentes: toda esa mercadería que los supermercados ya no podían vender porque caducaba en uno o dos días y que, si no querían tirarla, se la vendían a él por dos con veinte. O si se les pasaba y ya no tenían derecho de venderla, la tiraban en la quema de José León Suárez y ahí él tenía un par de ñatos que manejaban a docenas de quemeros y le recuperaban lo que él necesitaba y se lo vendían no por dos con veinte, dijo: por veinte guitas, nada más.
–Así que somos hecológicos, maestro, como le decía: reciclamos, recontraciclamos.
Remató Alcides mirando todo el tiempo a Julio, casi nada a Karola. Y que si iban a seguir haciendo negocios juntos con todo gusto podía hacerles todavía un descuento especial por cantidades, digamos un catorce. Julio estaba callado, moviendo la cabeza de arriba hacia abajo y viceversa. De pronto le parecía que el sistema tenía toda la lógica, que el hombre había encontrado un mercado marginal que funcionaba y que ayudaba a la mejora del planeta y a la alimentación de las personas, y que él también formaba parte de eso, un privilegio.
–Bueno, dieciséis por ciento.
Le dijo Alcides, que tomó su silencio por disconformidad, por regateo. Si yo hubiera aprendido antes a callarme la boca, pensó Julio, se sonrió, le dio la mano; detrás Karola, su descubridora, quedó sin decir nada. Recién cuando salieron a la calle y respiraron aire fresco notaron que el galpón olía muy fuerte a basurero.
–Qué sacrificio, pobre hombre, vivir en ese aire todo el tiempo.
–Sí, se ve que está muy convencido.
El llamado del periodista lo tomó por sorpresa: no estaba acostumbrado. En lugar de escuchar lo que le decía trató de hacer memoria: no recordaba que le hubiera pasado nunca antes. Era, le dijo, del canal Panque, que se emitía por varias repetidoras, y quería verlo para un asunto que le interesaría. Julio le pidió que se lo repitiera y el hombre le dijo la misma frase exacta –Panque, repetidoras, un asunto–: se ve que la tenía ensayada. Quedaron para encontrarse esa tarde a las seis en un bar de Villa Crespo, uno viejo, lleno de banderines y de viejos y viejos banderines. El periodista era más joven que lo que Julio había esperado, un rubito piel muy blanca pecas y más pecas, que no le dio la mano cuando se acercó a su mesa –después, repasando la escena, Julio se preguntó cómo lo había reconocido, qué sabía. Pero eso fue después; entonces, el rubito –un rubito, tenía que ser un rubito– le dijo que buenas tardes y que quería hablarle de algo que le interesaría y, ante el silencio de Julio, se lanzó:
–¿Usted es Julio Méndez, el dueño de Pizzamén, cierto?
–Sí. Bueno, yo y mi hermana.
–¿Y usted sabe lo que acaban de hacer, cierto?
–Nada. No hicimos nada. Y si tenés algo que decir decilo rápido, que no quiero seguir perdiendo el tiempo.
Julio nunca fue un tipo paciente. El rubito tosió, se tragó su café, lo relojeó: lo estaba calculando. Cuando terminó la evaluación le dijo que había matado a un chico.
–¿Qué mierda me estás diciendo, pelotudo?
–No se sulfure, amigo, que no le sirve para nada. Tengo amigos en el instituto forense que ayer recibieron el cadáver de un chico muerto por la ingesta de muzzarella en mal estado, muy podrida. Averiguamos y la única muzzarella que el chico había comido era la suya, la de ustedes. Era un chico chiquito, siete años. Parece que estaba comiendo una napolitana y de repente se sacó, empezó con vómitos y diarrea y unos temblores como un terremoto y entonces los padres lo llevaron de urgencia al Pirovano pero no hubo caso: el chico se murió gritando. En fin, una desgracia, realmente una desgracia. Nosotros todavía no dijimos nada…
Dijo, y se quedó callado. Julio también; el rubito siguió:
–Pero usted sabe, el periodista se debe a la verdad y se debe a su público. Así que vamos a tener que contarlo esta noche, a menos que…
El rubito, decididamente, no sabía hablar sin puntos suspensivos. Debía ser su manera de crear cierto misterio o, más bien, de intentar que el otro dijera lo que él no quería decir en voz alta. Pero Julio no le dio el gusto: por cálculo o por abatatamiento se quedó callado, lo miraba.
–Mire, esto es muy simple. Nosotros tenemos que dar esa noticia, pero al mismo tiempo sabemos que eso podría dejarlo a usted en una situación muy complicada y, sobre todo, a docenas de honestos trabajadores en la calle. Eso nosotros no lo queremos, le aseguro. Así que si usted quisiera hacer un esfuerzo podríamos esperar un poco…
–¿Un poco? ¿Cuánto sería un poco?
–Y, depende. ¿Cuánto sería el esfuerzo?
La noticia nunca llegó a la pantalla de canal Panque. Ni siquiera dos meses después, cuando el rubito lo llamó para decirle que ahora la muerta era una nena, una de once años que también se había comido una de sus pizzas. Esta vez Julio se preocupó en serio. Habló con Karola, decidieron controlar todo el proceso; el pizzero en jefe les dijo que quizás había que aflojar un poco con los vencimientos del queso y de los huevos pero que no se preocuparan, que dos accidentes –dijo “accidentes”– entre los miles y miles que la habían comido no eran para tanto. Julio trató de convencerse, hacerle caso. Semanas más tarde un empleado que manejaba un par de hornos lo fue a ver a su oficina, la gorra retorcida entre las manos, y le dijo que él podía declarar que usaban material vencido, que tenía fotos, que cuánto le pensaba pagar para que no lo hiciera. Julio le dijo que lo dejara pensarlo y el tipo se fue convencido de que había ganado. Julio pensó en mandarlo matar –al fin y al cabo, ¿quién iba a extrañar a un paraguayo?–, pero no se decidió. Después, durante muchos años, durante todos esos años de privaciones y remordimientos, entendió que esa duda, esa blandura, fueron el error que lo llevó al desastre.
El proceso fue más tedioso que dramático. Plata gastada en abogados, más plata gastada en más sobornos, un juez comprado que terminó por traicionarlo, dos juicios perdidos y, por fin, la indemnización por la muerte de la nena que le hizo perder incluso su departamento. De pronto Julio se encontró en la calle –literalmente en la calle– y, por supuesto, lo primero que hizo fue refugiarse en casa de su hermana. Solo duró unos meses: ninguno de los dos quiso contar nunca por qué, en ese breve lapso, Karola pasó de ser su persona más cercana a ser una mujer herida que lo echó a los gritos de su casa. Las suposiciones son muchas, aunque tienen todas una base común que nadie quiso nombrar del todo; lo cierto fue que, más allá de ellas, el 23 de septiembre de 2019 Julio Méndez se encontró en una vereda del barrio de Villa Ortúzar con un bolso con dos mudas de ropa, una frazada que había usado muchos años y un bolsito con un cepillo de dientes, pasta y un jabón –y casi nada más en todo el mundo. Entre las innumerables cosas que no tenía entonces la más decisiva era una casa, una pieza, algún lugar donde dormir: estaba en bolas. Así que aquella noche Julio Méndez se buscó un zaguán acogedor –un cajero automático con la puerta rota– y se acostó, se persignó –hacía siglos que no se persignaba–, trató de dormirse. Tardó horas, varias horas. No tenía frío, no estaba especialmente incómodo, pero no entendía. Trataba de pensar qué había hecho con su vida para llegar a ese destino y no entendía.
El hombre es un animal de costumbres, se repetía a menudo, y lo hizo cierto. Con los meses, la extrañeza se le fue diluyendo: vivir en la calle se le hacía cada vez más natural y, tiempo al tiempo, en algún momento empezó a considerarlo como un privilegio: era uno de los pocos que tenían verdadera libertad. La libertad, Julito: no tenés que cuidar nada, no tenés que obedecer a nadie, no tenés que preocuparte por nadie, no tenés que trabajar ni pensar en el futuro ni preguntarte qué hacer con tu vida. La libertad, Julito –se decía. Y cuando estaba de buen humor se subía a un banquito y lanzaba peroratas a los paseantes, que no solían parar. Su tema era uno solo: esa libertad que él había conquistado mientras todos los demás seguían viviendo como esclavos. Algunos lo chiflaban, otros le tiraban cosas: la libertad, se decía entonces, tiene un precio; pobres los hombres que no quieran pagarlo.
No se quejaba; a veces se veía en una vidriera y su imagen lo sorprendía, su larga barba cana, sus harapos; otras veces pasaba frío, incluso algo de hambre cuando los vecinos de esa esquina de Chacarita, que de algún modo lo habían adoptado, no recordaban o no podían darle algo de comer. A lo largo de todos esos años su hermana fue dos veces a pedirle perdón, que no siguiera ahí, que volviera con ella; fueron los únicos momentos en que Julio se puso realmente violento: gritos, algún golpe. No solía pasarle. Vivía bien, casi contento; su gran dolor eran los perros. Desde el principio tuvo claro que si iba a ser un vagabundo debía tener un perro: no hay vagabundo verdadero sin su perro. Y la ciudad rebosaba de perros vagabundos: Julio intentaba adoptarlos, pero no se quedaban. Seis o siete perros le escaparon así: Julio no lo entendía. Él les daba cariño, la comida posible, calorcito, y ellos lo dejaban. Tantas veces se preguntó por qué sería: su olor, quizás, algo en su conducta, el tono de su voz, su mugre, sus caricias; no entendía. La fuga de los perros empañó esos años que, sin eso –se decía Julio–, habrían sido agradables. Salvo esas noches en que no podía dormir pensando qué habría sido su vida si hubiera tenido los huevos necesarios para cargarse al paraguayo. Él sabía –siempre lo había sabido– que a veces para vivir hay que matar: no haberlo hecho cuando tenía que hacerlo era su carga más pesada. Entonces se decía que sí lo había hecho, se imaginaba la escena, la reproducía una y mil veces en distintos lugares, distintos instrumentos: quizá pensaba que si la seguía imaginando al final se iba a volver verdad y él volvería a ser un pizzero exitoso, un hombre de negocios, un señor con una hermana y una casa y quizá, incluso, un perro.