Vidas de JM
Vidas de JM Novela interactiva de Martín Caparrós

Hay innúmeras opciones y nadie sabe qué las determina.

Supongamos que la tarde en que lo echan de Atlanta Julio pasa caminando delante del locutorio de Habana y Concordia y ahí está Rodo, aburrido, parado en la puerta. Rodolfo es un ex compañero del colegio, uno de los que más lo habían burlado todos aquellos años, hasta que en cuarto lo expulsaron: una bala perdida. Cuando se descubren hay un momento de sorpresa y molestia; enseguida Rodo ve la desazón en la cara de Julio y le parece que puede ser rentable y le pregunta qué le pasa.

–Nada, qué te voy a contar.

–Lo que quieras, Loco, que para eso están los amigos.

Julio oye esa palabra, tan torcida en los labios del otro, y sin embargo de algún modo la acepta: los amigos.

–Nada, que me acaban de rajar de Atlanta.

Le dice y ve que el otro no entiende de qué habla y se lo explica: que estaba atajando en la quinta y no le iba tan mal pero que hoy tuvo un problema y el conchudo del técnico le dijo que se fuera. O en realidad no le dijo que se fuera pero se lo dio a entender y que él no es tan miserable como para andar pidiendo por favor y que seguro que Rodo lo entendía y Rodo que sí, claro, cómo no lo voy a entender, Juli, yo sé de qué me estás hablando, le dice, y no le dice, como Julio habría podido esperar, como temió mientras estaba hablando, que claro que lo iban a echar, que cómo no lo iban a echar porque a quién se le ocurre ser arquero con un metro setenta, que solo un boludo como él puede querer inventar el arquero petiso, que tenía que saber desde el principio que eso no iba a terminar bien. Pero no lo dice, para su sorpresa no lo dice y entonces Julio decide largar todo eso que lo carcome: que le había apostado tanto al fútbol y que ahora qué carajo va a hacer y que no puede ser que cada vez que intenta algo se le vaya a la mierda y más y más; espera, quizá, que su ex compañero le diga que no sea exagerado y que tampoco lo terminaron de dejar afuera, que todavía le quedan posibilidades de volver y todo eso pero no, le dice que lo entiende.

–Vení, aguantá que cierro y te muestro una cosa.

Le dice y lo hace entrar y cierra con llave la puerta de calle y lo lleva a una trastienda chiquita y atiborrada de cartones y papeles y vaya a saber qué y despeja una esquina de la mesa y pone encima un plato y en el plato un polvo blanco de un sobrecito de plástico que acaba de sacar del bolsillo de su pantalón. Después agarra una gillette que había sobre la mesa y desparrama el polvo, lo picotea con el filo, lo separa en dos, lo vuelve dos gusanos gorditos no muy largos; de otro bolsillo saca un billete de mil pesos, lo enrolla, se mete una punta del rollo en la nariz y, con la otra, aspira uno de los gusanos. Después le ofrece el billete a Julio y le dice que haga lo mismo:

–Vas a ver, es un infierno.

Le dice, con la mejor sonrisa que consigue, y Julio, sin pensarlo, le hace caso: se mete una punta del billete –la otra– en la narina izquierda, intenta aspirar el gusano que queda, pierde un poco de polvo por su torpeza pero el resto le entra. Y mientras le entra siente en la nariz un frío filoso y en la cabeza un estallido de colores y, después, como si todo fuera más claro de repente, como si ese cuartito fuera un espacio de orden y placer, como si Rodolfo de verdad fuera su amigo, como si el fútbol fuera una mierda que no le importa a nadie, como si el mundo estuviera esperándolo y le dijera que se apure, que no llegue tarde. Tanto, que ni siquiera le molestó mostrar que era un novato absoluto:

–Así que esta es la famosa merca. ¿Me das otra?

–Ah, te gustó, guachito. Ahora no, tengo que laburar. Si querés pasate mañana.

Julio le dijo que seguro, se dieron un abrazo, salió como una moto. Caminaba por las calles conocidas como si fueran hollywood, miraba mujeres que nunca habría mirado, les sostenía la mirada, se sentía poderoso. Llegó a su casa, vio a su padre sentado en su sillón frente a la tele y le echó un gesto de desprecio que antes nunca, se encerró en el baño y no salió por más que sus padres golpearon y golpearon. Y, por supuesto, al otro día volvió al locutorio. Rodo estaba detrás del mostrador, pero dos de las cabinas estaban ocupadas: mujeres hablando con quién sabe.

–Sí, tengo, claro que tengo. Y si te cuento cómo la consigo no me vas a creer.

–Casi seguro.

Le dijo Julio y Rodolfo le palmeó la espalda y le dijo que era genial, que llevaba varios meses tocando la guitarra con una banda y que no les iba mal y que el líder de la banda, el Pescado, solía darles un poco de merca para que se bancaran el embole de algunas actuaciones.

–¿El embole?

Se sorprendió Julio, y Rodo le dijo que sí, que la banda se dedicaba a tocar canciones de la Joven Guardia y Los Iracundos y Los Náuticos y Conexión Nº5 y algunas de Vox Dei y de Manal y todo eso y que entonces solían contratarlos para fiestas de personas grandes, los tipos que tenían veinte años hace veinte años, cuando sonaban esos grupos, y que a veces eran muy aburridas pero que entre la guita y la merca y alguna vieja chupandina se bancaba, le dijo.

–¿Y sabés qué?

Julio le dijo que no: estaba sorprendido. Nunca hubiera imaginado que el tarado de Rodo pudiera tocar la guitarra o cualquier otra cosa y que estuviera en una historia como esa.

–No, no sé, qué me querés decir.

–No, nada, se me ocurrió una cosa.

Rodo le daba largas al asunto, entre tímido y gastador, y Julio le dijo si iba a sacar la coca o qué.

–No, pará que antes te cuento lo que se me ocurrió. ¿Vos no sabrás tocar la batería, por un  casual?

–No, Rodo, ni en pedo.

–Qué cagada, era una buena idea. Sabés qué pasa, que el Mono, el que tocaba la bata con nosotros acaba de rajarse y necesitamos ya un reemplazo, entonces pensé que quizás vos…

–No, Rodo, no tengo ni idea.

Dijo Julio, con un dejo de pena: la idea sonaba muy caliente.

–¿Pero sabés qué, Rubito? No te preocupes, nadie sabe, esto es la Argentina. La verdad que tocar la batería es una boludez. Te sentás ahí, le pegás tres o cuatro veces y ya está. Por lo menos hacés la base, y ya irás aprendiendo.

–¿En serio te parece?

Su primera actuación fue ese sábado, el cumpleaños de un comerciante cuarentón en ese mismo club donde los pibes del colegio lo habían dejado cuidando las cervezas un par de años antes. Julio se sentó en la batería y se sentía la reina de la fiesta. No sabía bien qué estaba haciendo, pero consiguió convencerse de que no importaba, y la gozó. De pronto, su vida había cambiado vuelta y vuelta.

Julio se pasó toda la primavera y el verano tocando con la Banda del Pescado Piadoso, Hugo Confalonieri, un señor de treinta y tantos y la cara muy llena de grietas que vivía gracias a la nostalgia de la clase media de Flores y Floresta y a las escasas pretensiones de sus semimúsicos jovencitos, a los que pagaba tres con veinte. Pero la coca y el agrande de creerse músicos de rock y la ilusión de un par de polvos completaban el salario de los chicos. Julio disfrutaba de buena parte del paquete: se jalaba una raya cada tanto, le pegaba a sus tambores con hambre y descontrol y le gustaba ser, por una vez, ese que otros miraban; las señoras, en cambio, no eran su departamento: lo calentaban poco pero tampoco sabía cómo hacer, se sentía torpe y perdido de antemano, así que no intentaba. Julio seguía sin saber nada de mujeres porque había ido a un colegio de varones y nunca lo invitaron a las fiestas y nunca había tenido amigas –mucho menos novias. Su hermana quizá podría enseñarle pero era muy chiquita todavía y le daba vergüenza preguntarle: lo iba a tomar por un boludo. Prefería que ella siguiera admirándolo, aún si el precio era seguir intacto. Lo había pensado, una noche, un rato largo: qué es mejor para mí, que mi hermana me venere o coger –y había elegido.

Pero, aún así, le gustaba esa vida que se había encontrado: se consiguió una campera de cuero negro que le parecía el colmo del roquero, andaba por el barrio revoleando los palitos, haciendo filigranas, se sentía un guacho tierno. Algunas chicas lo miraban, algunos pibes le tomaban el pelo pero sin bronca, como quien quiere hacerse amigo. Y un día, mientras tocaba, se dio cuenta de que todos tenían nombres truchos, que él también tenía que buscarse uno. Podía ser el Jaguar o el Puma, porque en la batería se movía como un felino, pero de esos había muchos; mejor, quizá, el Pájaro –por el pájaro carpintero que repica en la madera como él en la batería y anda con un penacho como el suyo. Al final de ese pase se lo dijo a sus compañeros, todos se rieron y empezaron a llamarlo pájaro, pájaro, y le hacían alitas –pero todavía faltaban unos días para que alguno se diera cuenta de que la abreviación era mejor: paja, el Paja, y le quedó. No le importó: por fin no era el Rubito sino un rockero que tocaba en un grupo y se ganaba la vida y ya no dependía del hijo de puta de su viejo y todo porque, aunque primero parecía que no, al final era un tipo de suerte, uno tocado por la varita de los elegidos.

El problema, como siempre, era su casa: las fiestas y demás solían terminar ya cerca de la madrugada, y su padre le reprochaba cada vez, al día siguiente, esa forma de despilfarrar su vida. Ya no podía pegarle pero no se privaba de decirle que era un idiota, que así no iba a durar ni cinco años, que él no lo había criado y mantenido para eso, que en cuanto terminara el verano empezaba a estudiar o a trabajar: que una cosa había sido permitirle que no entrara en ninguna facultad para dedicarse a su carrera deportiva y otra muy distinta, una imposible, que lo mantuviera para que anduviera por bares y boliches como un borracho drogadicto, con esos pelos y esa pinta. Así que, le dijo, si no quería trabajar, en marzo tenía que anotarse en Económicas y cursar una carrera de provecho: por lo menos un contador le podía servir para los taxis.

Julio tenía tanto interés en ser contador o economista como en dejarse definitivamente los huevos en la puerta, pero se pasó días y días calculando y pensó que, entre rascárselos en una facultad y trabajar con los taxis, la facultad ganaba por goleada. Hasta que se le ocurrió que, en realidad, tenía una tercera: con lo que sacaba por las actuaciones, aunque fuera muy poco, se podía alquilar una pieza y rajarse a la mierda, dejar de escuchar de una vez y para siempre al turro de su viejo, hacer lo que se le cantara. Era febrero: el 10 o 15 de marzo le diría a su viejo que sí, que se iba a inscribir en Económicas y el 20 o así juntaría todo en una bolsa y desaparecería como el fantasma de la Ópera. De movida podía compartir el cuarto de pensión con el Rodo, que se lo había ofrecido: él y los otros dos muchachos –el bajista, Ternera, y el otro guitarrista, Mariposa– le hacían de amigos, solían quedarse chupando hasta tarde, comentando sus hazañas e ilusiones, jactándose y quejándose. El –nuevo– Paja o Pájaro estaba exultante.

El 27 de febrero tenían una actuación más grande que las habituales: los veteranos de básquet de Comunicaciones celebraban su tercer puesto en el campeonato metropolitano y había dos o trescientas personas y tocaron hora y media furiosos e inspirados. Julio nunca se había sentido mejor –quizá nunca en su vida, pensó en un momento en que aporreaba el redoblante– y cuando terminaron fue a abrazar al Pescado, a agradecerle. El cantante fue parco y le dijo que ahora cuando se lavaran tenían que conversar. Diez minutos después, en el vestuario de varones de Comunicaciones, le dijo que lamentablemente no podía seguir con él, que era muy buen muchacho pero el trabajo estaba siendo cada vez más serio y se había conseguido un baterista de verdad, uno que ponía a volar a los tambores. Que lo lamentaba y lo sentía y todas esas cosas pero que vos sabés cómo es esto, pibe, que el pescado más grande se come al más chico, y acá yo soy el más grande con mucha diferencia, le dijo, con una sonrisa que Julio estuvo a punto de deshacerle de una piña.

–Lo siento, Paja, de verdad lo siento.

Julio caminó solo hasta su casa: iba mascando mierda, preguntándose cómo se la podía haber creído, las boludeces que se había imaginado, que tenía suerte, que no sé qué de la varita mágica la concha de mi madre, cómo pudiste ser tan pelotudo, Julio, si les chupaste las bolas en todos los idiomas, si hasta te dejaste llamar el Paja y mirá cómo te dieron la patada. Ese lunes, Julio Méndez fue a inscribirse en primer año de Económicas. Su padre le había dicho que si hubiera cursado como correspondía, el año anterior, habría tratado de mandarlo a la Católica pero que ya estaba bien de hacer pelotudeces: con todo ese retraso, la UBA y gracias.