La facultad era un exilio amargo: su castigo por no haber sabido conseguir nada mejor, por no haber sabido hacer nada mejor, porque ni el fútbol ni el rocanrol lo habían querido. Y encima era un lugar amenazante: un edificio enorme, oscuro, reventado, paredes desconchadas y pintadas y carteles, ni un espacio para mirar que no fuera un mensaje –que Julio, en principio, no entendía. Y todo lleno de personas más o menos de su edad pero tan diferentes: o conchetos superconchetos con la última lacoste que debían estudiar para trabajar en la financiera de papá o tremendos militantes que debían estudiar para sentar las bases de una economía justa y libre. Estos por lo menos no lo despreciaban: intentaban, a veces, darle charla, convencerlo de algo. En su clase de Economía Global había tres o cuatro que siempre andaban juntos y a veces se les agregaba alguno más, o alguna. Entre ellas estaba Roxana, una rubia de rulos, no muy alta, rellena y sonriente que a veces lo miraba –y que él miraba siempre que podía. Pero Julio no formaba parte de ese círculo revolucionario; en las clases se juntaba con el triste grupo de los que estaban en el medio, ni nenes de papá ni héroes militantes, de los que venían, como él, de barrios de clase media sin historias, de los que no se ponían remeras caras o camisetas con leyendas y no sabían muy bien qué hacían ahí pero sabían muy bien que sí debían hacerlo. Con algunos de ellos hablaba, pero nunca mucho –y extrañaba a sus amigos del Pescado. Tanto que un mediodía en que se encontró solo en la parada del 132 con la rubia Roxana, lo primero que se le ocurrió fue hablarle de esos tiempos:
–¿Sabés? Yo tocaba con el Pescado Piadoso.
–Y yo con el Pulpo Querendón, boludo, de qué carajo me estás hablando.
Le contestó ella, entre molesta y desdeñosa. Julio se quedó seco, trató de hacerse el tonto pero no había manera: estaban solos en la parada, lloviznaba. Tenía puesta su campera de cuero de roquero, pero se ve que no era suficiente.
–¿Vos qué carajo te creés, pendejo? ¿Qué te creés que somos las mujeres? ¿Te creés que podés venir así de cancherito a decirme que tocabas no sé qué y yo qué voy a hacer, me voy a desmayar de la emoción, boludo? Me parece que todavía no te enteraste de que los tiempos cambian, che. Si querés enterarte, tenemos un grupo que lo discutimos los viernes a las 11 en el aula 38; si querés aprender…
Le dijo y, pese a la llovizna, se fue de la parada con la cabeza alta. Quién carajo se cree que es, la muy boluda, pensó o dijo Julio justo cuando llegaba el colectivo. Pero el viernes siguiente fue al aula 38: Roxana y otras dos, más morochas, más rulos, hablaban para diez o quince chicas y tres chicos y les explicaban que el feminismo no era ni una sanata ni un disfraz ni un rejunte de frases sino una forma de vivir, una manera de reinventar la vida, y que requería cierto esfuerzo ir aprendiéndola, sobre todo para los hombres criados en el machismo dominante, y que por supuesto uno de los espacios donde era más difícil acostumbrarse a esas normas nuevas era el de las relaciones amorosas y sexuales pero poco a poco lo irían consiguiendo, decía Roxana, y Julio se calentó escuchándola: nunca había oído a una mujer hablando de esas cosas. Y cuando terminó la charla se acercó a saludarla y a decirle que había sido tan interesante y que cuándo podían hablar un poco más de todo esto y ella lo miró como quien duda si perdonarle o no la vida y le dijo ah, pichón, se ve que no entendiste ni una mierda, y se fue con las otras dos charlistas.
Julio se empecinó. Pensaba mucho en ella, sobre todo cuando no quería, y a veces, en sus ensoñaciones, la llamaba Karola –y se reía y se lo reprochaba y le parecía una injusticia: al fin y al cabo Karo ya tenía 15 años y mucho mejores tetas que Roxana y lo trataba bien, aunque no esa forma de bien que Roxana podría. Que no le pasaba mucha bola aunque tampoco lo evitaba y eso le daba ánimos, pero cuando intentaba acercarse algo más lo mandaba al carajo con deleite. Se le ocurrió que quizás una manera de entrarle fuera hacerse amigo de sus amigos, la bandita de los revolucionarios. Eran varones y tenían nombres raros –Alex, Moisés, Ibán, Gordon, Ramiro– y eran más fáciles: siempre estaban buscando nuevos seguidores, reclutando. Así que se bancó varias conversaciones sobre la deuda externa y el Fondo Monetario y la inflación tremenda y una cosa que llamaban el Consenso de Washington y cómo el nuevo gobierno de este peronista traidor Carlos Menem nos iba a hundir a todos si no hacíamos algo y cuando Julio preguntaba qué se podía hacer le decían no sé, algo, que el pueblo salga a la calle, que le quede claro a ese traidor hijo de puta que no puede hacer lo que quiera con la Argentina, que la patria no se vende, carajo. Era una de sus características: muchas veces terminaban sus frases altisonantes con la palabra carajo que, seguramente, les sonaba enfática y popular. Julio los soportaba poco: no les creía lo que decían, no creía que lo dijeran sin intenciones escondidas, creía que la mejor forma de mejorar el país era que todos trabajaran mucho y que no protestaran tanto y que si no les alcanzaba para comer trabajaran más así les alcanzaba y otras cosas que le había oído decir a su papá y que, pese a que las decía él, le parecían razonables. Pero a ellos no se las decía, por supuesto. Y ellos le seguían dando charla en la esperanza de unirlo a su agrupación, que quería presentarse a elecciones del Centro de estudiantes. La agrupación se llamaba TNT –Tu Negación Trabaja– porque decían que el poder se aprovechaba de la ceguera, de la negación de los estudiantes ante la realidad, y que ellos querían ayudarlos a abrir los ojos y descubrirla, dejar de negarla e intervenir para que mejorara, y parecía que tenían alguna chance de ganar las elecciones. Así que incluso un par de veces se tomaron unos cafés después de clase en algún bar de la avenida Córdoba, y hablaron de boludeces o fútbol o música o cosas de ésas. Una de esas tardes Alex le preguntó si le gustaba Roxana. Hubo un silencio: la pregunta salía de los carriles habituales. Julio trató de ser prudente:
–Bueno, gustarme, gustarme… Pero me interesa.
–Sí, ya nos parecía.
Dijo Alex, asumiendo alguna representación, un plural abusivo. Y que no se gastara al pedo, que ella, aunque no lo mostrara, salía con Gordon hacía mucho tiempo y que estaba claro que no le iba a dar pelota, le dijo, y enseguida se dio cuenta de que había sonado bastante ofensivo y trató de arreglarla:
–Te lo digo porque ella está muy metida en esto del feminismo y un tipo como vos puede tener cualquier mina, así que de esa mejor olvidate y disfrutá. No dejes que Tu Negación Trabaje.
Le dijo y todos se rieron un poco artificial y Julio le dijo que sí, que claro, gracias, y lo hubiera matado. Alex –y Moisés e Idán, sentados a la misma mesa– lo miraron como quien da un pésame, y Julio los odió. Al otro día se fue al locutorio de la calle Habana a buscar a Rodo, a quien no había visto desde su despido de la banda, y le dijo que necesitaba tres o cuatro gramos, que se los compraba, y se gastó casi todos sus ahorros. Metérselos en la mochila al tarado de Gordon no fue complicado; lo difícil era conseguir que se la revisaran. Pero Julio sabía –como casi todos– quiénes eran los policías de civil que, en supuesto secreto, vigilaban a los estudiantes y se acercó a uno, un petiso musculoso que habría querido ser comando pero le faltaron 20 o 30 centímetros, y le dijo que creía que fulano de tal estaba traficando, que por qué no le miraba la mochila. Y esa tarde la facultad de Economía fue el escenario de un escándalo, cuando la policía –de civil y también de uniforme– se llevó preso a un estudiante, Gordon Rosenfeld, por portación y venta de estupefacientes. Julio lo miraba y comentaba con Alex y Moisés, los tres más que indignados, que esto no puede ser, que claramente es una cama, que ya no estamos en la dictadura pero estos hijos de puta no se dan por enterados, que se ve que nos tienen cagaso; Julio, por supuesto, era el más duro contra la policía. Después se les unió Roxana, los ojos rojos, las puteadas constantes, y Julio trató de consolarla diciéndole que seguro que Gordon iba a salir pronto y esas cosas y Roxana lo miró con odio y le dijo que a ella qué carajo le importaba Gordon, que ya estaba harta de estos pelotudos, estos tipos que con tal de darse importancia son capaces de hacer cualquier cosa.
–¿Vos te creés que soy boludo, yo, pendejo? ¿De verdad te creés que soy boludo?
El petiso comando fallido estaba a punto de pegarle, inflado de bronca. Le gritaba si se creía que podía usarlo –a él, un policía, usarlo– para arreglar sus problemitas personales, que esa denuncia que le había pasado sobre la coca y ese pibe era más falsa que la muerte de Evita y que no sabía –él, Julio, no sabía– la paliza que se había comido –él, el policía– por haberse tragado toda la truchada y haber detenido a ese muchacho que encima era el hijo de un ministro o un viceministro o algo así y que tuvo que pedirles perdón de rodillas y que ahora lo tienen en la mira pero que por supuesto él –él, el comando petiso y humillado– lo tenía a él –él, Julio, el culpable de todo– para vengarse y sacarse la mufa y que le quedara bien claro, bien clarito, que lo iba a hacer cagar fuego cada vez que pudiera así que lo pensara, que en una de esas le convenía cambiarse de facultad o de planeta, porque mientras siguiera dando vueltas por acá iba a vivir con su aliento en la nuca.
Julio se quedó tan perturbado, tan asustado que no consiguió siquiera contestarle; se fue caminando por el pasillo de la facultad chocando con la gente que venía, tratando de salir de ese tifón, recuperar algo de pensamiento. Recién en el patio se sentó e intentó pensar qué habría salido mal, cómo se habrían dado cuenta de que la denuncia era un invento, y no encontraba nada: no conseguía entenderlo. Horas más tarde, ya acostado en su cama angostita –su cama de chico todavía– pensando qué haría con su vida, se le ocurrió la única explicación que tenía algún sentido: que en las bolsitas no hubiera cocaína, que el Rodo lo hubiera cagado vendiéndole cualquier verdura y que por eso los botones descubrieron que todo era un montaje. Pero no podía ser que el Rodo le hubiera hecho eso, era imposible. ¿Era imposible?, seguía pensando cuando al fin se durmió. A la mañana siguiente, mientras se bañaba, le pareció que no iba a poder volver a esa facultad: que entre la venganza de los TNT y la de los canas de civil, su presencia ahí se volvería un infierno. Su problema era, entonces, como siempre, qué hacer, qué mierda hacer.