Se había resignado. Cuando decidió dejar la facultad pensó en cantidad de posibilidades pero ninguna terminó de convencerlo: le parecían irreales, le daban miedo, lo hacían sentir que no podría. Así que, tras unos días de tratar de engañarse, se confesó la penosa verdad: que no era que no supiera qué debía hacer sino que no quería hacer lo que sabía que debía. Al fin lo hizo: el domingo, después del café, le pidió a su padre que hablaran un momento a solas; se encerraron en el cuarto que había sido suyo tantos años y le dijo, sin más preámbulos, que había dejado la facultad, que era un nido de comunistas que le daban asco, que él ahí no podía estar ni un día más: la cara del otro explotaba de risas reprimidas. Y más cuando, por fin, le dijo que quería volver y trabajar con él. Su padre lo miró en silencio un tiempo largo: lo gozaba, se estaba regodeando. Al final le dijo, sin ningún entusiasmo, como quien recita, que sí claro, que las puertas de su negocio siempre estaban abiertas para su hijo y que si su hijo hacía cagadas y era un idiota no importaba, que él como padre sabía cuál era su deber y no iba a hacer lo mismo. Julio cerró los ojos, tragó, le dijo gracias papá, le preguntó cuándo empezaba.
Don Beto lo mandó a hacer primero un curso de contable y después le tiró por la cabeza los libros de su “empresita”: ocho, diez, hasta doce horas diarias; Julio no se atrevía a quejarse –y, las pocas veces que insinuó algo, su padre le recordó que era un pendejo pelotudo sin ninguna formación y que nadie más le iba a dar una mierda y que no le rompiera las pelotas, que no fuera desagradecido. Julio se callaba: le dolía, pero pensaba que tenía razón.
En ese momento, don Beto ya tenía cinco taxis y una docena de empleados: ganaba buena plata pero el sueldo que le pagaba a su hijo era justito, apenas suficiente para salir alguna noche y comprarse una camisa cada tanto; lo alojaba y alimentaba, por supuesto. Al cabo de cinco años le “regaló” un dos ambientes en Villa Crespo, subrayando que, inútil como era, nunca se lo podría comprar solo. Julio se pasaba la vida trabajando: no tenía ningún interés particular –salvo leer libros sobre perros, cantidad de libros sobre perros– y mirar partidos de fútbol donde Atlanta pudiera ser goleado y tratar de hacerse amigo de alguno de los choferes de los taxis que, por si acaso, desconfiaban del hijo del dueño y lo aceptaban a distancia y a regañadientes. Uno de ellos fue el que le presentó a Susana, una rubia teñida, un poco mayor que él, que lo enganchó sin mucho disimulo: era, aunque no quisiera llamarla así, su primera novia. Julio la veía una o dos veces por semana, algunas se metían en la cama, algunas cogían, fuera de eso se aburrían bastante –y dentro también, pero era compañía. La rubia, es cierto, se parecía bastante a su hermana Karola, así que pocas veces se le ocurrió pegarle –y no lo hizo.
Julio se sentía infeliz, un infeliz, se había acostumbrado. A veces se enorgullecía de lo bien que seguía yendo la “empresita” –ya nueve taxis, casi 30 empleados– pero entonces su padre le recordaba que todo el mérito era suyo, de esa vida que se había pasado trabajando. Cuando estaba por cumplir 26 años se hartó: por fin, tras tantas dudas, prefirió arriesgarse antes que seguir dependiendo de ese cerdo. En unos días dejó a la rubia y el trabajo y decidió que quería ser o hacer algo por su cuenta: ya era un muchacho grande y no quería seguir toda su vida en un trabajo tan inútil y seguir dependiendo de su papá lo hacía sentirse todavía más inútil.
La crisis de libertad de Julio no duró demasiado: se pasó un par de años repartiendo pollos con una camioneta pero andaba perdido, sin ningún propósito; en cuanto don Beto le pidió que volviera, que le pidiera perdón y volviera, saltó sobre la oportunidad como una gata en celo. Don Beto, como siempre, tenía un plan: quería retirarse; por eso recuperó a su hijo. Aunque seguía creyendo que era un incapaz, suponía que por lo menos no le iba a robar y que, si lo llevaba con la rienda corta, no haría grandes cagadas. Don Beto siempre había dicho que no le gustaba trabajar y, vista su vida, nadie le creía, pero cuando supuso que podía delegar el manejo de su empresa en su hijo dio las hurras y se fue a su casa. O, más aún, a las carreras: cuatro o cinco días por semana pasaba sus jornadas en los hipódromos de Palermo y San Isidro, donde perdía dinero con constancia y una moderación que su familia agradecía. Había algo monstruoso, pensaba Julio, en ese jugador que nunca dejaba de jugar y nunca jugaba mucho y nunca ganaba pero nunca perdía demasiado. Era su padre.
Julio, al principio, se asustó: tenía que manejar muchos taxis, muchos empleados. Pero una noche en que había acompañado la ginebra con un par de rayas –lo hacía de vez en cuando, se cuidaba– tuvo un estallido y un vacío y una certeza que casi lo derrumba: la convicción de que nunca en su vida se había tomado nada en serio. En medio de la bruma, decidió que no podía seguir así: tenía que ser alguien.
Esta vez sería diferente. Siempre había vivido como si todo le diera igual, desde la batería hasta la facultad hasta los pollos o mujeres, aún el fútbol. No podía ser: tenía que vivir de verdad, implicarse en lo que hacía, jugarse entero –se decía, con la mejor prosa de autoayuda– y, al hacerlo, mostrarle a ese viejo hijo de puta todo lo que valía. Para eso, claro, se sonrió con amargura, antes tenía que convencerse. No implicarse había sido, pensó, la mejor forma de no ponerse nunca a prueba: no, esto lo hago de taquito, si me pusiera a hacerlo en serio…
Decidió aprender. Un conocido le presentó al gerente de una gran empresa de taxis y lo invitó a comer un par de veces para hacerle preguntas: el gerente, convencido de que no arriesgaba nada, le contestó casi todas y varias sin mentirle. Después de cada comida –que él casi no comía– Julio tomaba notas, reflexionaba sobre lo que había oído, pensaba cursos de acción para su compañía.
Lo primero que hizo fue comprarse un perro: lo tenía en la oficina. Su padre, que todavía pasaba a verlo con frecuencia, protestó pero pronto tuvo que aceptarlo: la excusa era que cuidaba el local cuando estaba cerrado; la realidad, que no podía darse el lujo de perder al administrador de su empresita y tener que volver a trabajar. Julio, en un ataque de nostalgia raro, lo bautizó Sansón: era un dogo impetuoso, que solo podía salir con su bozal y que mucha gente, en la calle, miraba con respeto; Julio lo disfrutaba.
Y el perro era, además, el símbolo de su independencia, de que las cosas no serían como antes. Su sistema funcionó de entrada. Para empezar, racionalizó el sistema de choferes: echó a los diez que tenían los peores ingresos y, además de reemplazarlos por otros más entusiastas –y con sueldos menores–, consiguió que el miedo cundiera entre todos los demás, que se esforzaran como perros ante la amenaza. Fomentó la competencia interna: los cinco que tuvieran la mejor recaudación trimestral recibirían un diez por ciento extra con el sueldo de los tres meses siguientes, y puntos para la “tabla de posiciones” que organizaba los próximos despidos: cada mes, el último en la tabla se quedaba en la calle. Era, decía, sabiduría del mercado: para qué pagarle a uno que trabaja peor que los demás. El sistema tenía sus problemas: Julio descubrió que ciertos choferes intentaban boicotear a otros con trucos bobos –les entregaban el coche más tarde, les ensuciaban el asiento trasero–; a los que confesaron los despidió por inconducta; a los que no, por mentirosos. También entendió que no podía seguir tolerando que sus coches cargaran combustible en cualquier estación, desparramando su dinero y permitiendo, a menudo, que los choferes se llevaran comisiones de los dueños de la estación de marras. Para lo cual hizo un convenio con una grande de Villa Martelli para que todos sus coches repostaran allí: no solo se aseguraba el control de ese trasiego sino también, faltaba más, consiguió un descuento importante por mantener ese volumen de negocios en un solo sitio. Pero quizá su medida más brillante fue disponer que cada taxi llevara unas botellitas de agua mineral y las pusiera a disposición de sus clientes. Su flota pasó a llamarse TaxiFresco –con una botella enorme en el techo que la identificaba– y la ilusión de los pasajeros de que obtenían un mejor tratamiento –gratis– les permitió ampliar el flujo en una proporción inédita. En cualquier calle, entre dos taxis, el cliente siempre trataba de tomar el suyo: Julio se sentía un renovador, innovador, un triunfador.

El resultado fue que, en cuatro años, la empresa multiplicó sus ingresos y su capital: casi cuarenta coches, casi cien empleados, casi la más potente. Julio era un éxito. Para su desgracia, la compañía funcionaba tan bien que cada vez le requería menos tiempo; había contratado un buen gerente y los criterios estaban claros: su presencia se requería cada vez menos. Así que se aburría. Tenía casi 40 años, toda la plata necesaria, mantenía con elegancia a sus padres y su hermana –copropietarios de la compañía–, se reía de su padre y su vieja “empresita tontita troglodita” y el viejo, ya casi orgulloso de su hijo, disimulaba llamándolo copieta y ladronzuelo pero estaba muy contento de que le proveyera, con grandes creces, la plata que precisaba para perderla en las patas de los pingos.
Julio, tan exitoso, se aburría. Se había comprado un departamento en el barrio –aunque más cerca de Parque Chas, un rincón cotizado– y una moquette de pelos blancos y un sofá también blanco y una televisón chata, de las primeras que salieron: pasaba muchas noches mirando películas y partidos de fútbol –que a veces le removían la vieja herida– y los canales eróticos del cable con el trozo en la mano. Aunque, en la vida real, las mujeres lo movían muy poco. En cierto punto se preguntó, medio asustado, si no sería homosexual: se sospechaba, alguna que otra vez la mirada de un hombre lo había perturbado. Pero rápidamente decidió que no, lo descartó, pensó que cómo podía pensar tantas boludeces: él era muy hombre, se dijo, solo que las mujeres nunca están a la altura –y no lo calentaban suficiente.
La respuesta lo satisfizo pero no lo consoló: se seguía sintiendo solo. Algunos muchachos del colegio, enterados de su éxito, lo invitaban a sus clubes o a sus casas; Julio iba pero se aburría. Quiso acostumbrarse a ver a Chacarita, el clásico rival de Atlanta, pero tampoco funcionó: cada tarde en la vieja cancha de madera le recordaba su fracaso –o la injusticia, y todo lo que le produjo. Se compró un BMW 321 con muy poco uso, gris metalizado, y disfrutaba de acomodarse en su asiento de cuero y darle contacto y oir el ruido suave, pero eso tampoco lo colmaba. Había cambiado los almuerzos del domingo en casa de sus padres –con su hermana– por unos igualmente rituales en un restaurante alemán cerca de Barrancas de Belgrano donde hacían bien el bife con puré que seguía siendo su plato único. Con esas invitaciones subrayaba –o al menos lo creía– que era él quien pagaba por todo. A sus 41 decidió que no podía seguir viviendo así: que tenía que formar su propia familia, llenar su vida de algo más que whiskies trasnochados, algún cuerpo por horas, salidas con su hermana y tsunamis de tele. Karola le recomendó una casamentera: una mujer de unos 70 años, doña Flavia, elegante, serena, que vivía en un chalet en Villa Martelli donde lo recibió con un buen té y un chorro de preguntas. La mujer quería saber qué cualidades buscaba él en una esposa; Julio nunca lo había pensado en esos términos, así que improvisó: quería que fuera atractiva pero no demasiado, no como para que los hombres la miraran por la calle; quería que tuviera iniciativa para ocuparse de la casa pero que reconociera que él siempre tendría la última palabra; quería que quisiera tener hijos y ocuparse de ellos y no joder con eso; quería que fuera ahorrativa sin ser crota; quería que lo quisiera, por supuesto, y también quería que lo admirara, pero esto lo dijo en voz más baja. Doña Flavia iba tomando notas; al final le dijo que sí, que lo entendía, que muy pronto se comunicaría con él –y que sus honorarios eran de 10.000 dólares en billetes nuevos.
Su trabajo valía cada centavo: una semana más tarde, doña Flavia le presentó una carpeta con tres candidatas; las tres, le dijo, estarían de acuerdo en intentarlo. Julio sintió vértigo: una de esas mujeres podía ser suya para siempre. Eso sí que era un mercado verdadero, como mirar una revista porno con final feliz. Miraba y remiraba las fotos, leía sus pequeñas historias de vida, recorría las listas de sus gustos y aptitudes y, por supuesto, no conseguía decidirse. En un momento se le ocurrió que lo mejor era consultarlo con Karola, pero le pareció que ella se iba a reír de él o se iba a poner celosa y prefirió no hacerlo. Con gran dolor –estaba renunciando a dos mujeres estupendas– eligió a Cristina Myley, una chica rubiona y tetona que acababa de cumplir los 30 y no se había casado porque, según su ficha, “no había encontrado a nadie que estuviera a su altura”. Eso –la vanidad, la intransigencia, la amenaza– lo preocupó pero, al mismo tiempo, lo picó: él le iba a mostrar lo que era altura.
Los detalles son nimios, banales: un cortejo que al principio se notó forzado y se fue naturalizando con el tiempo. Los dos querían gustarse –por razones distintas– y, aparentemente, lo lograron. Julio tuvo una pequeña crisis cuando terminó de notar los parecidos de Cristina con Karola, pero se dijo que no era grave; que, por el contrario, tenía cierta lógica.
Cristina y Julio se casaron unos meses más tarde en la capilla del colegio Emiliozzi, una boda discreta pero muy elegante, y se fueron de luna de miel a Rio de Janeiro. Era la primera vez que Julio salía de la Argentina y todo le pareció un poco raro, como ligeramente mal hecho, desviado. Pero los calores cariocas les fueron propicios: a tres semanas del retorno supieron que Cris estaba embarazada; a los tres meses, que serían mellizos. Algún turrito –de esos que nunca faltan– murmuró que eso demostraba que había sido inseminación artificial; los afectados, por supuesto, trataron de ignorarlo.
Los chicos –dos varones– nacieron, alegraron a todos, el matrimonio se sostenía sin mayores choques, la empresa no paraba: la vida de Julio, se decía, no podía ser mucho mejor. A veces pensaba qué curioso, con lo mal que empecé –y él mismo no sabía si se refería a los fracasos del fútbol y la música y la facultad o a los latigazos de su padre, sonrisas de su madre. Cuando murió su padre, Julio –ya 44– pensó que el paso no lo afectaría demasiado: después de todo, el viejo se había convertido en una especie de fantasma centrado en sus caballos a quien él ya no odiaba ni le debía nada. Pero uno de esos días, sentado en la oficina, oliendo los tremendos pedos de Sansón –que, a cada uno que emitía, ladraba lastimero, como quien pide mil disculpas–, Julio pensó que había desperdiciado su vida. Fue un momento, una sensación, un cartel delante de sus ojos: tarado, tiraste tu vida a la bartola.
Intentó repensarlo. La TaxiFrescos seguía funcionando pese a todas las crisis: sus ideas y su conducción habían sido excelentes. Pero ahora no era solo que ya no tuviera a quién demostrarle que podía; el problema principal era esa sensación de desperdicio. Sí, había hecho todo lo que había hecho con la puta empresa de los taxis, se había probado que era bueno: ¿no era una estupidez extrema haber aplicado tanta habilidad –pensaba–, tanto talento a algo tan menor como esos taxis? ¿Haber despilfarrado sus capacidades en algo que no dejaría la menor huella, que no existía de verdad, que se desvanecía en cuanto aparecía, que solo servía para darle un poco más de plata?
Empezó a dormir mal: nunca le había pasado. Una noche de insomnio se le ocurrió una idea. Cansado de dar vueltas en la cama se había levantado despacito, para no despertar a Cristina –que se ponía de muy mal humor– y se había sentado en el sofá del living con un whisky sin hielo. Sin prender la luz para no despertar a los mellizos –que dormían en un cuarto bastante apartado– se imaginó que lo bueno, lo opuesto de lo hecho hasta entonces sería involucrarse en algo público, algo que dejara una huella en algún lado. Pensó, por un momento, en la política, pero no estaba a favor de ningún partido y, además, sabía que todos esos tipos eran unos comunistas y, sobre todo, brutos chorros. Entonces pensó en no meterse en política él sino usar su plata para influir en ella, conseguirse un par de giles que hablaran de las maravillas del mercado y así ayudar a otros a que lograran el mismo éxito que él –pero se dijo que ese no era su papel y que no tenía por qué ayudar a nadie, que justamente una de las condiciones del mercado era que cada uno dependía estrictamente de lo que tenía, plata, cabeza, huevos, lo que fuera. Así que lo descartó y empezó a imaginarse un trabajo en alguna parroquia o una beneficencia: ayudar a los pobres más pobres, los que de todos modos no serían competencia, y sentirse benefactor, cristiano –pero pensó que no tenía ganas de pasarse horas y horas rodeado de desgracias y que se iba a aburrir y que no tenía por qué dedicar su vida a esos vagos que ni siquiera querían trabajar. Entonces quizás aprender a pintar, que siempre pensó que tenía talento para eso, pero cuántos años tardaría en aprender en serio. O todo lo contrario: dejarle los mellis a la abuela e irse con Cristina a dar la vuelta al mundo por un año, dos, y convertirse en una persona interesante y culta, poder decirle a muchos qué estaba bien, qué estaba mal. O dejar a la tarada de Cristina de una vez por todas y armarse una vida que por fin le gustara –solo que, estaba claro, no sabía cuál sería.
Julio siguió pensando cosas y las descartó, se sirvió otro whisky, vio cómo el cielo se aclaraba. Después pensó que ya estaba grande para pensar en esas boludeces: que su vida era su vida y que estaba muy bien y que cómo podía ser que encima se quejara. Que quién se creía que era para pensar que lo que hacía no era suficiente. Que qué carajo quería, ¿ser San Martín y su caballo blanco? Que no rompiera más las bolas, que mucho peor la pasaba Karola, se dijo, y la rima le despertó una carcajada un poco bruta. Un minuto después Cristina se asomó por la puerta del living, camisón arrugado, pelo revuelto, cara de preocupada:
–¿Estás bien, querido?
–Sí, mi amor, acá, pensando en vos.