Vidas de JM
Vidas de JM Novela interactiva de Martín Caparrós

Se había resignado. Cuando decidió dejar la facultad pensó en cantidad de posibilidades pero ninguna terminó de convencerlo: le parecían irreales, le daban miedo, lo hacían sentir que no podría. Así que, tras unos días de tratar de engañarse, se confesó la penosa verdad: que no era que no supiera qué debía hacer sino que no quería hacer lo que sabía que debía. Al fin lo hizo: el domingo, después del café, le pidió a su padre que hablaran un momento a solas; se encerraron en el cuarto que había sido suyo tantos años y le dijo, sin más preámbulos, que había dejado la facultad, que era un nido de comunistas que le daban asco, que él ahí no podía estar ni un día más: la cara de don Beto explotaba de risas reprimidas. Y más cuando, por fin, le dijo que quería volver y trabajar con él. El viejo lo miró en silencio un tiempo largo: lo gozaba, se estaba regodeando. Al final le dijo, sin ningún entusiasmo, como quien recita, que sí claro, que las puertas de su negocio siempre estaban abiertas para su hijo y que si su hijo hacía cagadas y era un idiota no importaba, que él como padre sabía cuál era su deber y no iba a hacer lo mismo. Julio cerró los ojos, tragó, le dijo gracias papá, le preguntó cuándo empezaba.

Don Beto lo mandó a hacer primero un curso de contable y después le tiró por la cabeza los libros de su “empresita”: ocho, diez, hasta doce horas diarias; Julio no se atrevía a quejarse –y, las pocas veces que insinuó algo, su padre le recordó que era un pendejo pelotudo sin ninguna formación y que nadie más le iba a dar una mierda y que no le rompiera las pelotas, que no fuera desagradecido. Julio se callaba: le dolía, pero pensaba que tenía razón.

En ese momento, don Beto ya tenía cinco taxis y una docena de empleados: ganaba buena plata pero el sueldo que le pagaba a su hijo era justito, apenas suficiente para salir alguna noche y comprarse una camisa cada tanto; lo alojaba y alimentaba, por supuesto. Al cabo de cinco años le “regaló” un dos ambientes en Villa Crespo, subrayando que, inútil como era, nunca se lo podría comprar solo. Julio se pasaba la vida trabajando: no tenía ningún interés particular –salvo leer libros sobre perros, cantidad de libros sobre perros– y mirar partidos de fútbol donde Atlanta pudiera ser goleado y tratar de hacerse amigo de alguno de los choferes de los taxis que, por si acaso, desconfiaban del hijo del dueño y lo aceptaban a distancia y a regañadientes. Uno de ellos fue el que le presentó a Susana, una rubia teñida, un poco mayor que él, que lo enganchó sin mucho disimulo: era, aunque no quisiera llamarla así, su primera novia. Julio la veía una o dos veces por semana, algunas se metían en la cama, algunas cogían, fuera de eso se aburrían bastante –y dentro también, pero era compañía. La rubia, es cierto, se parecía bastante a su hermana Karola, así que pocas veces se le ocurrió pegarle –y no lo hizo.

Julio se sentía infeliz, un infeliz, se había acostumbrado. A veces se enorgullecía de lo bien que seguía yendo la “empresita” –ya nueve taxis, casi 30 empleados– pero entonces su padre le recordaba que todo el mérito era suyo, de esa vida que se había pasado trabajando. Cuando estaba por cumplir 26 años se hartó: por fin, tras tantas dudas, prefirió arriesgarse antes que seguir dependiendo de ese cerdo. En unos días dejó a la rubia y el trabajo y decidió que quería ser o hacer algo por su cuenta: ya era un muchacho grande y no quería seguir toda su vida en un trabajo tan inútil y seguir dependiendo de su papá lo hacía sentirse todavía más inútil. Al final, parecía que él tenía razón.

Se fue, no consiguió gran cosa. En esos doce años de autonomía y penurias intentó ocupaciones muy variadas. Explotó el inglés turbio que le enseñaron los curas para trabajar de conserje en un hotel de poca estrella, repartió pollos a mansalva con una camioneta en la primavera de los parripollos, mostró casas en una inmobiliaria donde cobraba muy salteado, intentó conseguir una parada para vender diarios y revistas pero no pudo coimear al funcionario debido, pagó caro un largo curso de acupuntura con un chino que conocía del barrio solo para descubrir, una vez graduado, que no tenía la sangre fría necesaria para enfrentarse a un cuerpo desnudo con una sarta de agujas en la mano, y menos si ese cuerpo desnudo lo miraba.

Su orgullo lo había alejado de esos padres nocivos; su necesidad lo empujaba a volver –pero por ahora el orgullo se imponía y, aunque vivía en condiciones muy precarias, aunque había días en que no tenía para el bife con puré ni para ninguna otra comida, se resistía y sólo iba a la casa familiar dos o tres veces por año, fiestas o cumpleaños. Necesitaba un trabajo de verdad. En un momento de lucidez, despiste o desesperación –las lecturas siempre varían– se le ocurrió incluso buscar al Comando Fallido, el petiso de la facultad: sabía que los policías tenían ingresos muy diversos y que se las rebuscaban muy bien en la vida y que, además, hacían un trabajo que les daba poder, no sumisión. Después de varios llamados consiguió verlo, un par de cervezas en un bar de Liniers donde el Comando parecía una mancha de grasa en un traje de novia –todos lo miraban–, y primero le pidió perdón y después fue directo: quería entrar en la cana. El Fallido se rió, le dijo que sus antecedentes no eran los más apropiados y que además en la cana no se entra así como así, que había que hacer un par de años de escuela, que era para tipos más jóvenes, una razón tras otra y otra. Julio le dijo que él –el Fallido – no lo conocía, que él –Julio– podía ser muy eficaz, que no tenía ningún problema en hacer lo que fuera necesario, romperle la cara a alguien, matar a alguien, dijo, aunque no estaba nada seguro, pero suponía que era lo que el otro quería oír. Después, arriesgando, le dijo que él –el Fallido– sabía que él –Julio– era capaz de plantar pruebas y mandar en cana a quien se les cantara. El Comando Fallido le sonrió como para matarlo, le dijo que igual le parecía muy difícil pero que le diera su teléfono, que cualquier cosa lo llamaba, se levantó y se fue. Julio se quedó sentado terminando su cerveza y la del otro, pensando qué podía hacer ahora, de qué podría vivir. Cualquier cosa antes de pedirle dinero a ese padre insultante –que seguramente no se lo daría.

Pocos días después Karola lo llamó para decirle que estaba internado, estaba mal, que fuera al hospital a verlo. Julio le dijo que ni pensaba; Karola, al borde del llanto, le dijo que no fuera así, que el viejo se podía morir. Julio le dijo que entonces menos todavía. Tres días después, cuando su hermana volvió a llamarlo, Julio supo, antes de contestar, que era la noticia que había estado esperando.

Julio tenía 38 años cuando su padre se murió de una infección de cuerpo entero. Al abrir su testamento se vio que había legado su empresa de transportes –ya casi treinta taxis– a su mujer y sus dos hijos por partes iguales, pero decidido que su hijo varón, su hijo ausente, se ocupara de la administración y dirección. (También había dejado, en previsión de su previsible ausencia, un cuaderno Gloria de 48 páginas lleno de indicaciones sobre el manejo de la empresa, escritas con su letra despareja y una variedad de biromes y colores que lo emparentaba con cualquier carnaval de pueblo chico.)

Julio no sabía si celebrar o reputear. El testamento lo dejó patitieso: por qué ese tipo que lo detestaba le dejaba el manejo de la obra –la obrita– de su vida. Por un momento se preguntó si no se habría equivocado, si su padre no habría sido distinto de lo que él siempre vio; enseguida se dijo que no, recordó cuatro o cinco episodios que confirmaban que era una basura y decidió no hacerse esa pregunta nunca más; que haya podido cumplirlo es otra cosa.

Así que Julio se convirtió en un pequeño empresario del transporte. Fue un cambio importante –y trajo otros. Es muy probable que, sin esa muerte tan oportuna, sin esa herencia y cambio de rubro, no se habría casado. Ya era un muchacho grande, las mujeres nunca le habían hecho mucho caso y él nunca había estado muy seguro de saber gustarles –o satisfacerlas. Todavía arrastraba, desde los años del colegio, los ecos de las cargadas de sus compañeros sobre el tamaño de su único amigo –aunque no fuera tan amigo. También por eso su relación con las mujeres no era fácil, pero en esos días se veía cada tanto con una chica muy drogona que había conocido en su breve momento roquero y volvió a encontrar por casualidad mucho después, ya más calmada, vendiendo ropa interior “particular” para ambos sexos en un centro comercial de Caballito. La mujer se llamaba Corina y tenía dos o tres años menos que él, el pelo castaño muy cortito, los ojos casi verdes y formas generosas; había estado casada, se había separado y no parecía ansiosa por reincidir. A Julio le gustaba y no le gustaba: por supuesto que no lo entendía como su hermana, como él habría querido, y su físico lleno no era su ideal, pero tampoco le sobraban candidatas, así que siguió viéndola. A veces perdía el tiempo pensando cómo sería la vida de esos tipos que pueden elegir la mina que se cogen; después se llenaba de bilis, no sabía a quién culpar, se arrepentía.

Es cierto que en algún momento ella le había hablado, sin pasión, de un posible matrimonio: Corina corría bastante la coneja y tenía –a veces– la idea de reproducirse antes de que se le hiciera demasiado tarde y Julio, menos rubio y un poco sombrío, como lavado por la vida, parecía lo suficientemente falto de imaginación como para convertirse en un buen padre, un buen marido. Pero la herencia lo convirtió, además, en un partido apetecible. Julio no tuvo tiempo de saborearlo: el asalto de Corina lo agarró en uno de esos días en que no quería meterse en problemas y aceptó sin más vueltas. ¿Qué es lo peor que me puede pasar –pensó, para darse ánimo–, que me separe y todo vuelva a ser igual que antes? Y, en cambio, capaz que casándome me vuelvo un tipo más normal.

En junio de 2013, a sus 43, a sus 40, los novios se enlazaron  discretamente en el registro civil de la calle Ezpeleta; ya no tenían padres, pero sus madres asistieron: la Beba toda de negro todavía, guardando el luto por su marido muerto; doña Petri, la mamá de Corina, sin disimular en absoluto el disgusto que le producía su nuevo yerno –y que nunca había justificado: era improbable que lo hubiera visto en bolas. Hubo un almuerzo en la parrilla de Joaquín, corazón de Devoto, y a la mañana siguiente los recién casados se fueron de luna de miel: diez días en Piriápolis. A su vuelta confirmaron que Corina estaba embarazada de tres meses: si todo funcionaba, el nuevo Méndez nacería ese verano.

El nacimiento sucedió sin zozobras, aunque Julio no le prestó toda la atención que había imaginado: estaba, en esos días, muy concentrado en reestructurar la empresita que le había dejado su padre. Decididamente –pensó en cuanto se interiorizó de su funcionamiento– el viejo había tenido suerte, porque estaba claro  que los mecanismos de TaxiMéndez estaban mal pensados, mal implementados, y ciertos cambios mejorarían tanto la recaudación. El difunto había aprovechado todos los subsidios y subvenciones del Estado a los transportes más o menos públicos; los había manejado con tanto tino –y algún buen amigo, seguramente– que, gracias a ellos, había conseguido crecer de esa manera, pero estaba claro que ese no era el camino: que era pura espuma, pan para hoy y hambre para mañana. La cosa era conseguir que los trabajadores trabajaran.

De sus tiempos de conserje o de repartidor de pollos, Julio sabía que permitir que cada empleado hiciera menos de diez horas era un lujo idiota: que un hombre de verdad podía hacer mucho más. Dispuso que cada chofer remara un mínimo de doce, ampliables hasta quince; la medida no era del todo legal, así que cada uno debió firmar un contrato paralelo y jurar silencio y lealtad. En esos primeros meses la empresa prosperó, y Julio se sentía pletórico: casado, padre, empresario exitoso. Se sorprendía: nunca había imaginado que esas condiciones lo satisfarían, pero ahora que le estaban sucediendo reconocía la fuerza con que mejoraban su vida. Quizá, pensó, no las quise porque creí que no podía tenerlas: la zorra, las uvas. Y lo exaltaba, sobre todo, una evidencia: que su padre no entendía nada, que él era mucho mejor para llevar la empresa.

–Ahora sí va a ver cómo se hace una empresa en serio.

Solía decirse, aunque no era probable. Y, además, tanta felicidad no podía durar mucho: con los meses, Corina se volvió insufrible; harta de su encierro y el tedio y la caca de la beba le gritaba y reclamaba ante el menor tropiezo. Julio se preguntaba cómo había podido dejarse convencer, cometer la tontería de casarse: se sentía una víctima pero no sabía de quién –probablemente de sí mismo, de su propia gansada. Y la empresa empezó a recaudar menos. La nafta había aumentado de repente, la inflación la había acompañado y así cada viaje era menos rentable y, además, con esos precios, escaseaban. Los choferes, que trabajaban a comisión, estaban preocupados –algunos, más bien, desesperados– y aumentaron –como Julio sabría con el tiempo– más de la cuenta la cantidad de viajes que no registraban: le robaban sin pena. La calle estaba caliente: la cantidad de accidentes también aumentó, y con ellos los coches parados y las primas y tías del seguro. El primer mes en que Julio le dijo a su madre que no tenía beneficios para darle, la señora Beba lo aceptó con calma –no sabía, por supuesto, que todavía quedaban pero que su hijo había decidido guardárselos y mentirles a su madre y a su hermana que no había. Al tercer mes –cuando realmente ya no había–, la señora saltó: le dijo que era siempre el mismo inútil, que ojalá su padre hubiera dejado a alguien capacitado y no al idiota de su hijo y otros piropos semejantes.

Julio creyó que ya era suficiente: que ya estaba grande para soportar esos maltratos y que la empresa se la metieran en el orto. La vendió, pese a las protestas amistosas de su hermana, por un precio bastante inferior al que podría haber sacado: alguien se aprovechó de la coyuntura y de su hartazgo. Igual era bastante plata: Julio calculó que, invertida sin grandes riesgos, él y su familia podrían vivir con cierta comodidad hasta que la palmara.

El problema fue, entonces, qué hacer hasta ese día. Al cabo de tres meses de ocio hogareño entendió que no podría soportarlo: Corina le pedía que cambiara a su hija, que fuera a hacer las compras, que arreglara la licuadora, que se afeitara todos los días: le amargaba la vida. Pensó en separarse, en escaparse, pero no tenía fuerzas ni lugar donde ir. Se sentía infeliz, se sentía un infeliz, no encontraba nada que le gustara hacer, ya ni los partidos en la tele lo divertían, se quedaba dormido; solo lo atraían, de vez en cuando, esas películas tipo Hannibal Lecter, donde cuerpos resultan muy troceados: ahí sí se reía, se veía que lo disfrutaba. Pero no había muchas, así que se aburría. Pensó, buscó, hasta intentó dos o tres hobbies –talla en madera, bricolaje– pero se hartó enseguida. Ya estaba un poco desesperado cuando decidió comprarse un taxi: él de eso sabía, pensó, y manejarlo lo alejaría de ese infierno aburrido. Se imaginaba azares y aventuras, encuentros y paseos –y, además, como lo haría por gusto, tampoco tenía que cumplir más horas que las que quisiera.

Cuarentón, se lanzó a las calles porteñas. No era un gran negocio: el coche, como capricho que era, le había costado demasiado caro, y el público, asustado por las inflaciones, seguía escaso. Pero Julio disfrutaba de esa libertad que te da no tener ninguna, depender de designios ajenos para terminar en la avenida Mitre, Avellaneda, o en Bartolomé Mitre en el microcentro o en Emilio Mitre en pleno Flores o en la Villa Mitre detrás de Villa Crespo o en la avenida Mitre por Olivos o en la calle Mitre de Ramos Mejía o Quilmes o Lanús: hacerse mitres, ser una hoja que el viento lleva de aquí para allá sin pasar por el engorro de decidir nada. De las hojas, sin embargo, lo distinguía su charlatanería: al volante hablaba sin parar. Generoso, impetuoso, ofrecía a sus pasajeros lecciones de vida que ellos no siempre apreciaban en su justa medida. Y, para complacerlos, se quejaba del gobierno, de los dirigentes del fútbol, de los médicos, de los mecánicos, de las familias y las esposas –solo con los hombres–, y de nuevo y principalmente, del gobierno, que había arruinado su empresita y lo había puesto de vuelta en la calle, a trabajar como un enano. Por supuesto, la versión era perfectamente falsa pero daba –pensaba Julio– más fuerza a sus palabras.

Hasta que aquel gobierno peronista se dignó a ser el que él pintaba: en una de tantas piruetas financieras consiguió que las inversiones de Julio –y de su madre y de su hermana– se devaluaran en un 70 u 80 por ciento. Ya no les alcanzarían para vivir con cierta comodidad por muchos años; en realidad, el hombre no tardó en entender que ya no le alcanzaban para vivir, con o sin cierta comodidad, el mes siguiente. Así que de pronto el taxi y su trabajo de taxista aparecieron como una bendición o maldición pero, en ambos casos, su único sustento. A veces se reía pensando que ese era, al fin y al cabo, su destino: que Dios lo había hecho petiso para que atrás el pasajero no tuviera que estar tan apretado. Le divertía pensarlo, lo pensaba un minuto, cortaba el pensamiento con un lacón chadesumadre o un mecagüen diós.

(Y la catástrofe financiera tuvo un beneficio secundario que nunca se atrevió a proclamar en público: su hermana Karola, que ya andaba cerca de los 40, tan soltera y astuta como siempre, se había dejado engatusar por un pretendiente que –Julio estaba seguro– solo quería su plata: no trabajar nunca más en su vida. Él se lo había dicho varias veces y, cada vez, ella le preguntaba por qué estaba tan seguro, si ella era tan poco atractiva como para que un hombre no pudiera desearla más allá de la guita. Julio no podía, obviamente, decirle que sí, y además tampoco lo creía, así que ella se le reía y le decía que no fuera tan celoso, que aunque tuviera un marido seguiría siendo suya y que Ernesto la quería por ella misma. Por eso lo alegró tanto ver que, en cuanto se enteró del cataclismo financiero, el novio enamorado se perdió en la neblina.)

Ahora, a sus 52, Julio Méndez maneja su taxi unas catorce horas por día. Vive solo –ya lleva años separado de Corina– así que el resto de su vida consiste en siete u ocho horas de sueño –cuando puede o se toma la pastilla–, un par de horas de televisión –películas de terror para echarse unas risas– y su volante. Los fines de semana ve a Karolita, su hija, que ya tiene como nueve años y le alegra la vida y le pide regalos, y cada tanto va a algún baile del barrio a ver si moja. Alguno diría que no es frecuente, pero todo es cuestión de magnitudes y de aspiraciones. Y, si ve que va a volverse solo, se pide tres o cuatro ginebras y sale envuelto en su nube de pedos. Y tiene, gracias a Dios, solterita a su hermana.

Así que Julio no se preocupa demasiado. O quizá ni se da cuenta de que se preocupa: putea, le duele el hígado, le duele la cabeza, se dice que así son las cosas, qué se le va a hacer. Sabe –a veces sabe– que le fue mal en la vida pero sabe también –está perfectamente convencido– de que no fue su culpa: es este país de mierda, suele decir, carajo, que cuando querés hacer algo bien siempre te castiga. Acá los únicos que prosperan son los chorros y los hijos de puta. Hasta que no aparezca un hombre fuerte que se los coja a todos, que ponga orden y arme un país en serio… Pero qué va a aparecer, si ni para eso tenemos los huevos que hacen falta.