Vidas de JM
Vidas de JM Novela interactiva de Martín Caparrós

Esa mañana lloviznaba pero no fue por eso: cuando entró en el viejo edificio de Económicas, Córdoba y Junín, le dio como una arcada. El lugar lo atacó: todos esos carteles de grupos políticos, todos esos chicos y chicas haciéndose los cancheros con sus ropitas importadas de nenes de papá o sus camperas verdes de combatientes del mañana, toda esa mugre por los suelos y puchos por los suelos, gargajos por los suelos, y ese clima de miren qué guachos que somos, fantásticos que somos, miren, miren. Todavía no había llegado a la cola de las inscripciones cuando decidió que no iba a ir todos los días de quién sabe cuántos años a ese lugar obsceno; el problema era que su padre había sido muy claro: la facultad o el laburo conmigo. Y si había algo que Julio no quería hacer en la vida era trabajar en la empresita de su padre. ¿La facultad, entonces? No, ni en pedo. Esa mañana caminó, bajo llovizna, desde la facultad hasta su casa, un par de horas. En el camino decidió que no iba a hacer ninguna de las dos: que no tenía por qué hacerle caso al pelotudo de su viejo, que iba a buscarse la vida por su cuenta. Y si el muy turro quería echarlo de su casa, que lo echara: ya encontraría algún lugar mejor.

Pensando en ese lugar improbable recordó el cuarto que compartía con Rodo cuando era un baterista de campera de cuero y decidió pasar a verlo: quizás él sabía de algún trabajo o algo. En el locutorio se abrazaron como si no hiciera tanto tiempo que no se veían porque ninguno de los dos lo había intentado y, tras dos o tres chistes malos, Julio le dijo que estaba buscando algún laburo, que si sabía algo de algo; Rodolfo lo miró con cara de sorpresa. Julio se la cazó al vuelo:

–No me digas que ahora necesitan un saxofonista que nunca haya agarrado un saxofón.

–No, boludo, en serio. ¿Vos sabés lo que estamos haciendo acá, ahora?

Julio no entendió bien la pregunta pero tampoco se le ocurrió ninguna respuesta, y sintetizó todo eso con un no. Entonces Rodo le contó que, con todo el tema de la hiperinflación y demás quilombos, ahora se dedicaban sobre todo a cambiar dólares tipo mercado negro. ¿Sabés qué pasa?, que como un peso de hoy mañana es un centavo, las viejas, los jubilados, todos, cualquiera, le dijo, lo poco que tienen se lo guardan en dólares. Así que para cada cosita que tienen que comprar tienen que cambiarlos, y no les sirve irse al centro para cambiar un toco, cien, digamos, le dijo, porque si no se gastan los pesos al otro día valen mucho menos. No, van cambiando lo que necesitan, de a diez, de a veinte, y ahí entramos nosotros: somos como una agencia de cambio popular. Les cobramos un poquito más caro pero no tienen que irse hasta el centro, que sería un quilombo, ni cambiar en un banco que les pagaría la mitad, el precio oficial. Y ahí hacemos nuestra diferencia, chirola a chirola, dijo Rodolfo, y que por eso necesitaban alguien más laburando, que si él –Julio– quería, lo podían tomar en el horario del mercado, como de 7 a 14; que era un laburo tranqui porque no había grandes sumas y que el único problema era que los pibes ya saben que acá tenemos dólares, que no se les ocurra venir a reventarnos, le dijo, pero no creo, a la final son buenos pibes y nos conocen de chiquitos, le dijo, y Julio no podía creer su buena suerte. Y encima cuando llegó a su casa y anunció que no iba a ir a la facultad porque le había surgido un trabajo muy piola, su padre gruñó pero no pudo terminar de echarlo.

El trabajo no era nada especial. Su inconveniente principal era tener que levantarse todos los días a las seis de la mañana y, una vez allí, el miedo del asalto; también tenía inconvenientes secundarios, como la sordera de algunas clientas o la estupidez de otros, pero solían resolverse. Y a Julio le entretenía mirar las caras de la gente, los cuentos que le contaban para justificar que cambiaban diez o cinco dólares, las puteadas que soltaban a menudo contra ese conchudo de Menem que dijo que iba a traer el salariazo y la revolución productiva y lo único que trajo fue la híper. Julio no la sufrió especialmente: ganaba más o menos mal pero ganaba en dólares. Así que se pasó esos meses trabajando temprano, durmiendo siesta, haciendo poco y acostándose casi todos los días a las diez; Karola a veces lo invitaba a salir con sus amigas pero Julio no iba: no habría sido el primer pibe de veintipocos que se cogía a una de 16 o 17, pero no le gustaba la idea de que fuera una amiga de su hermana, era mezclar mucho las cosas, avivar fuegos raros. Su madre, mientras tanto, le rompía las pelotas: Juli, ya estás grande, no puede ser que no tengas una mujer que te acompañe. O un hombre, si es el caso. No te preocupes, si es eso no le decimos nada a tu papá y todo bien, a mí esas cosas no me asustan. Julio no quería decirle que no fuera imbécil, que cómo se le ocurría semejante estupidez, hasta un día en que se puso a pensar en serio por qué se lo diría. ¿Sería solamente porque no tenía una novia, o vería alguna otra cosa que él, quizá, no estaba viendo? Pensó en preguntárselo, sabía que no iba a preguntárselo.

Asi que tenía mucho tiempo, miraba poco fútbol en la televisión, hacía años que no leía un libro, caminaba un rato por el barrio, a veces iba a una fiesta con Rodolfo pero se aburría; lo salvaba el trabajo, tener algo que hacer todos los días. Y el 1 de abril de 1991 el negocio se hundió: el conchudo de Menem y su ministro de Economía, Cavallo, largaron una ley que decía que cada peso valía un dólar –y viceversa, con lo cual todo el invento del cambio popular se fue al carajo: ya no tenía sentido. Julio odió a esos putos liberales que le jodían el laburo; Rodo, muy cabreado, tardó todavía una semana en decirle que iban a tener que despedirlo:

–De verdad, Paja, lo estuvimos pensando con mi tío, que si podíamos dejarte para que atendieras el locutorio o algo, pero no da, no hay forma de que dé, es una cagada pero tenemos que dejarte afuera.

Le dijo, le palmeó la espalda, le hizo pucheritos –y le dio un sobre con mil dólares, poco más de tres sueldos, que lo consolaron mucho más que todo el resto. Julio lo miró sorprendido; Rodolfo le dijo que era para que se rajara porque el gobierno, para que le dieran bola con lo del uno a uno, estaba haciendo operativos en las cuevas de dólares y acá había mucha gente que lo conocía y lo había visto, entonces por si acaso le convenía rajarse un par de meses, no fuera que la cana viniera a buscarlo.

–¿Y ustedes?

–No, con nosotros no hay problema, hace mucho que arreglamos con el comi. Pero como vos entraste más tarde no estabas incluido en el arreglo.

Julio entendió de pronto su situación –o no la entendió pero entendió que estaba en peligro de algo– y, todavía confuso, abrazó a Rodo, se despidió, y salió a la calle a ver qué hacía con sus mil verdes y el resto de su vida.

Antes de llegar a su casa se había convencido: era guita dulce, así que tenía que gastarla dulcemente. El problema, una vez más, era saber qué sería dulce. Esa noche se sentó a comer su bife con puré y le contó a sus padres y hermana que era un desocupado pero que al despedirlo le habían dado unos mangos, que tenía que pensar qué hacer con ellos. Don Beto le preguntó cuánto era y puso cara de asco cuando Julio le dijo que mil dólares.

–Bueno, no es mucho. Yo que vos viajaría unas semanas.

Julio pensó que su padre se lo decía para sacárselo de encima pero, por una vez, la idea coincidía con lo que había pensado, lo que Rodolfo le había dicho. Dijo que podría ser y fue un momento raro, comunión tan desacostumbrada. Su madre, entonces, le preguntó adónde iría y Julio, casi sin pensarlo, le dijo que por supuesto al interior, que antes de conocer otras cosas había que conocer el país de uno.

–¿El interior? Eso es muy grande, nene.

Le dijo, retomando el tono acostumbrado, su papá. Él le dijo que esa era una de sus ventajas y que ya les contaría todo el plan. No tenía uno, pero lo fue armando en esos días: averiguó dónde había buenos criaderos caninos para buscar empleo en alguno; a partir de allí aprendería todo lo que le faltaba y se prepararía para establecerse por su cuenta. Estaba inquieto y apurado; alguien le habló de San Francisco, Córdoba: un pueblo de piamonteses prósperos que no iban a ninguna parte sin su chucho, donde su aspecto rubito no lo haría parecer tan extranjero. Pocos días después juntó unas pocas ropas en un bolso y se tomó el colectivo hasta Santa Fe y, desde ahí, otro hasta San Francisco. Sus padres seguían creyendo que se iba de paseo; Julio sabía que no. Era enero, hacía un calor de perros.

No le fue difícil conseguir trabajo. Las personas, en general, abandonaban esos pueblos; que él llegara desde la capital era sospechoso pero, al mismo tiempo, halagador. Y además se tenía tan estudiado sus libros sobre perros que parecía que nunca hubiera hecho otra cosa que criarlos y cuidarlos. A la semana de llegar estaba empleado en “Porco Cane”, el mayor criadero de la zona, especializado en mastines, dogos, pastores, chihuahuas y otros chuchos temibles.

Le resultó curiosamente fácil pensar que eso podía ser su vida: una vida tranquila, muchas horas de perreo los días de semana, bastantes sábado y domingo, poco tiempo para dudas y preguntas; los perros son tan exigentes. Julio aprendía sin cesar y su aspecto cambiaba: parecía un hombre hecho y derecho, rudo, curtido a la intemperie, todo él salvo esa mata de pelo rubio que no quiso cortarse. Tenía un problema, que su patrón odiaba: era muy corto de carácter. O sea: que cuando llegaba algún cliente lo atendía amable pero, en cuanto el hombre o la mujer le hacían una pregunta tonta, los empezaba a maltratar, a hacerles ver su tontería. Tras varios incidentes, el patrón le prohibió que atendiera; Julio estuvo a punto de dejar el criadero, pero no tenía otras opciones y tuvo que comérsela.

Así que no veía mucha gente: en el trabajo, casi nada, y en sus ratos libres, nada casi. Vivía en una especie de cuarto con baño al fondo del terreno de una vieja, doña Anunziata, con su entrada independiente y sus ventanas que cerraban mal, chifletes de frío. El lugar le servía; el único problema era un vecino que no paraba de cortar leña, justo detrás, con una motosierra que hacía un ruido insoportable. Un par de veces trató de empezar a hablar con él –como para entrar en confianza y pedirle que no hiciera tanto ruido– pero cada vez el hombre le hizo saber, confuso, que después de tanta máquina estaba sordo como una tapia. Julio primero pensó que pobre tipo, reventarse así por su trabajo; después se le ocurrió que prefería estar sordo y que nadie le rompiera las pelotas, y que la motosierra le había servido para eso.

Las mujeres del pueblo eran recelosas: no querían líos con forasteros que en cualquier momento podían irse y dejarlas como a un trapo viejo –esa era la frase consagrada: “dejarte como a un trapo viejo”. Así que las opciones se limitaban a otras forasteras y no había tantas y muchas comerciaban. Julio tomó la costumbre de cenar los domingos –el momento de menor demanda– con una de ellas, una santiagueña morocha y aguerrida. A veces cogían –y ella solo le cobraba si se le paraba, así que no le salía caro. Otras veces se contaban sus historias, lo que habían hecho en la semana: era una relación casi conyugal que duraba unas pocas horas cada siete días.

Julio a veces pensaba que se había armado una vida de segunda que lo favorecía: una vida tranquila, sin exigencias, sin apuros, que no le daba grandes recompensas pero tampoco le requería grandes esfuerzos. Le gustaba: a veces incluso imaginaba que había encontrado una manera suave de vivir, mucho más sabia que las corridas de los otros. Estaba, por momentos, satisfecho. Y otras veces pensaba que la vida no podía ser solo eso, criar perros y revolcarse con una puta santiagueña en San Francisco, Córdoba. Entonces se dibujaba salidas, soluciones, pero no terminaba de concretar ninguna: tenía pereza o miedo o desconfianza o la mezcla habitual de todas esas cosas. Por suerte, para esos momentos de zozobra, estaban los cuadrúpedos: Julio nunca había imaginado que pudiera entenderse con ningún ser vivo como se entendía con tres o cuatro de ellos, a la primera mirada, al primer gruñido y se decía que al fin y al cabo era un tipo afortunado.

Pero sabía que le faltaba algo –o mucho, pero al menos algo. Una noche, en el bar de Chichilo, un tipo joven que conocía vagamente –le había vendido un perro meses antes, cuando todavía lo dejaban hablar– comentaba con otro que esa noche tenían “desafío”. Sin saber bien por qué, Julio paró la oreja, y entendió que, fuera lo que fuese, el desafío sucedería en el kilómetro 30 de la provincial 19, un poco antes de Jeanmaire. Julio fue a buscar la camioneta del criadero y, una hora después, estaba en el lugar. Las sombras de la noche se veían cortadas por los faros de varias docenas de coches estacionados al costado de la ruta: hombres charlaban, fumaban, circulaban, bebían. Se acercó al tipo que había visto en el bar de Chichilo, le preguntó qué hacían ahí, le dijo que estaban esperando una gallina.

Una gallina no era, en este caso, una bípeda ovípara plume sino ese juego que hacía que dos coches se enfrentaran, a un kilómetro de distancia, sobre la misma carretera, y se lanzaran a correr el uno hacia el otro a toda máquina: se suponía que, llegado el momento decisivo, uno de los dos se apartaría para evitar el choque. Ese era el gallina, el otro el verdadero macho. En el pueblo se contaba la historia de Montini y Balducci, dos muchachos jóvenes de familias viejas, enfrentados desde siempre por minas y deportes y otros detallitos, que no habían frenado: ninguno de los dos quiso apartarse y terminaron empotrados uno en otro, más muertos que el mar Muerto, entremezclados. Los hombres hablaban de ellos con pena y mucha admiración: esos sí que eran hombres.

Y algo así estaba por suceder en cinco o diez minutos, así que los hombres apostaban, buscaban ubicación, se reían nerviosos. Julio se unió a ellos –nadie le preguntó nada– y vio como se hizo el silencio y un par de faros venía a mil desde la izquierda y otro par a mil de la derecha. El de la derecha se desvió bastante lejos: los hombres insultaron a su conductor, auténtica gallina, que ni siquiera se bajó del coche: dio media vuelta y fue a tragarse su fracaso.

–Este se fue a buscar el primer baño, cagón como su viejo.

Dijo uno. El ganador, en cambio, –un tipo flaco muy petiso, un cuerpito de nene– se acercó regulando –un motor que se jacta–, se bajó de su Fuego roja preparada, dijo que no era nada, que no le había ganado a nadie, que Luisito era un cagón, ya lo sabíamos, y fue cobrando lo que le debían.

Esa noche Julio volvió a su casa decidido a ser uno de esos. Al fin y al cabo no sería tan difícil: él, con la vida que tenía, tenía muy poco que defender o que cuidar y seguiría adelante, que se jodiera el otro. Meses antes se había comprado un cochecito, un Fiat 128. El auto tenía más de veinte años pero, como le dijo un mecánico conocido –otro que le había comprado un perro cuando todavía– era “un fierro” y, aunque tuviera la tapicería hecha girones y la pintura desconchada, él se lo podía poner a punto para que fuera “un recontrafierro”. Decidió llevárselo, le dijo que lo necesitaba hecho una bomba; el otro se rió porque creyó que le hacía un chiste.

A través del muchacho del bar y otros contactos hizo saber que estaba listo para pelar una gallina. Al cabo de un par de semanas le propusieron el jueves por la noche en el mismo lugar, cerca de Jeanmaire; dijo que sí –y no quiso preguntar quién era el otro. El miércoles se durmió feliz: al otro día les demostraría a estos provincianos qué clase de huevos calza un porteño, este tipo que ellos despreciaban. Él sabía que podía hacerlo, que lo iba a hacer bien: total, ya lo sabemos, nada que perder. A la noche, cuando llegó al lugar, le pareció que había menos gente que la vez anterior –y descubrió que su oponente era el flaquito de la Fuego roja. Saludó a dos o tres, trató de sonreírles, les dijo que no apostaran por él porque era robo y se volvió a su coche para ir a su largada.

Mientras caminaba, murmullos crecían a sus espaldas. Julio sabía que era por él, desdén, rechazo, pero ya les mostraría quién era quién.