Lo único que le dolió fueron los perros: despedirse de ellos. En esos años que pasó atendiéndolos, cuidándolos, alimentándolos, vendiéndolos había aprendido a quererlos de otro modo: ya no como una idea sino como individuos con sus ventajas y sus taras, sus amores y odios, sus simpatías y rencores. Las semanas en que estuvo preparando su partida jugó mucho con la idea de llevarse a Satán, un dogo poderoso que, por supuesto, le recordaba a Sansón, pero al fin tuvo que rendirse a la evidencia de que no tenía ninguna certeza, no tenía plata, no sabía adónde iba.
Solo estaba seguro de que quería salir corriendo de ese pueblo de mierda. Años había pasado allí, aportando su mejor esfuerzo, y esos piamonteses del orto nunca lo habían aceptado: para ellos seguía siendo el forastero al que saludaban por compromiso por la calle pero nunca invitaban a sus casas, a una birra en el bar, a un cumpleaños. Ahora entendía lo que había evitado entender durante tanto tiempo: llevaban todos esos años diciéndole que se fuera y él había tratado de no oírlos.
Así que cuando los escuchó fue como si por fin hubiera levantado la piedra de su tumba y se asomara con cuidado al mundo. Le avisó a su patrón en Porco Cane que a fin de mes se iba, se pasó esas semanas pensando si había algo que pudiera hacer para vengarse de esos arrogantes y no se le ocurrió nada que no fuera a perjudicarlo a él más que a ellos: así, sabía, solían ser las venganzas. Tampoco se le ocurrió ningún lugar particular adonde ir, así que lo más lógico sería volver, pese a todo, a Buenos Aires.
Su visita a su casa –a la casa de sus padres– fue un desastre. Llevaban años sin verse –hablando por teléfono para Navidad y algunos cumpleaños– y lo impresionó ver el deterioro de don Beto: se había convertido en una ruina frágil que caminaba agarrada de un bastón y tambaleando, que prefería quedarse sentado en su silloncito de respaldo demasiado recto y no oía lo que le decían. Su madre ahora parecía veinte años más joven que él y se la veía mucho más pintada y arreglada que lo que su marido podía requerirle: se notaba que tenía algún otro interés. Y su hermana ya había pasado los 40 y tenía la cara cada vez más torcida, ese rictus que, curiosamente, se les va dibujando a las que antaño llamaban “solteronas” y, sin embargo, una corriente seguía corriendo entre ella y él, se miraban, se sonreían, se pensaban cosas.
Esa noche cenaron pollo al horno en el viejo comedor –que se veía muy poco usado– y su padre le contó que había tenido que vender la empresa porque no había quien se ocupara y que había puesto la plata a trabajar pero sin mucha suerte –“la Argentina, vos sabés cómo es”– y que andaba realmente con lo justo, que si no fuera por eso le habría gustado ayudarlo pero no podía; mientras tanto, su madre no paraba un momento de mirar su teléfono chino. Esa noche tuvo que dormir en el sofá del living: lo que había sido su cuarto ahora era de Karola y en el de Karola ahora dormía su padre, en una cama angostita. Se veía que su madre se lo había sacado de encima y lo había mandado a ese destierro; Julio no quiso reprimir una sonrisa. Pero durmió mal, se revolvió en ese espacio insuficiente, se devanó los sesos para tratar de pensar que las cosas no eran realmente así: que no era un tipo cerca de los 50 años que no tenía ni un mango ni una casa ni un coche ni una mujer y ni siquiera un plan; que era un desastre. Y pensó que nunca lo había visto tan claro hasta esa noche, ese diván: que la culpa era una vez más de esa familia que lo hundía. Tenía que irse, poner distancia cuanto antes.
Julio estuvo menos de una semana en el departamento familiar. No tenía adonde ir pero se fue. Prefería la sensación de estar buscando a la de haberse hundido de nuevo en su pasado. El problema era que no sabía qué buscaba –o qué buscar.
Le quedaban unos pocos billetes: se consiguió un cuartito con una cama angosta –tan parecida a la de su papá, pensó– y un lavabo y un baño en el pasillo en una pensión del barrio de Constitución donde durmió, cuatro o cinco días, mucho mejor que en el sofá. Uno de esos días quedó con su hermana en un café de la calle Lima: ella le contó que los viejos estaban jodidos, que el padre no iba a aguantar mucho, que la madre no lo aguantaba más, que ella estaba harta de hacerles el aguante. Y que si podía ayudarlo en algo le dijera, que él sabía que ella lo quería mucho pese a todo. El pese a todo no estaba claro –qué era todo– y quedó flotando sobre la mesa del café. Julio le dijo que igualmente y que no se preocupara y que ya la llamaría cuando se instalara.
Pero no tenía dónde instalarse y no lo iba a tener hasta que consiguiera algún trabajo, así que se pasó días y días buscándolo: caminó de acá para allá, se ofreció como portero, cuidador de un garaje, changarín en la estación Constitución, lavaplatos y varios otros puestos que lo rechazaron uno detrás del otro. Que ya era grande, que no tenía experiencia –¡para cuidar la entrada de un garaje!–, que sus papeles parecían medio raros, que si había estado preso: la lista de inconvenientes era interminable y al final se hartó. Podría haberse sentido un inútil completo –era lo que el mercado de trabajo le decía– pero consiguió desviar la culpa hacia el país: si la Argentina no le sabía dar ningún trabajo sería porque no tenía que trabajar. Ya había hecho bastante: se había bancado los fracasos, se había ido al interior, había trabajado con los putos perros, lo había intentado de varias maneras y ya estaba hasta las tetas de intentarlo y hasta acá. Y que se iba a quedar en ese cuarto rascándose las bolas o haciéndose catorce pajas o lo que le saliera del ojete porque no tenía por qué ni para qué hacerse cargo de esta mierda, todo esto de la plata, los trabajos, las actividades, toda esa pelotudez que le importa a la gente porque son una manga de infelices. Se dejan engañar, pensaba: si fueran un poco más despiertos se darían cuenta de que todo eso es un circo armado para cagarlos y se quedarían como yo, tirados panza arriba rascándose los huevos; así sí que los metemos a todos esos hijos de puta en un quilombo flor, pensaba, se reía, se rascaba –y en algún momento pensó que qué bueno que no tuviera que precisar quiénes eran “esos hijos de puta”: que si se lo dijera a cualquier argentino lo entendería seguro.
En los diez o quince días siguientes el vigilante de la entrada lo paró cada vez que salía a buscar algo de comida para decirle que tenía que pagar la pieza, que no podía seguir así, que lo iban a echar. Julio lo miraba con una sonrisita rara, como para cabrearlo –y creía que lo conseguía. Un lunes a la noche volvió sin nada que comer: los lunes solían ser el día más difícil. Y cuando entró, el vigilante –un hombrón de unos 40 años, cara cuadrada, varios dientes perdidos– no le dijo nada. Julio pensó que ya estaba, que el tipo se rendía –pero la puerta de su pieza tenía un candado tamaño familiar, con sus cadenas. Cuando bajó a preguntar qué pasaba, el tira no le dijo casi nada:
–Nada, no pasa nada. Que a esa pieza ya no podés entrar.
–Pero adentro están todas mis cosas.
–¿Tus cosas? Esa basura no paga ni un cacho de la deuda que tenés con nosotros.
Dijo, y se calló: su sonrisa era tan leve que quizá no existiera. Nosotros, decía, el muy tarado. Julio pensó que no quería rogarle, rebajarse, pero unos minutos después lo estaba haciendo. El vigilante le dijo que no se gastara, que no podía dejar que uno se quedara sin pagar porque le iba a pudrir el boliche, imaginate si todos quieren hacer lo mismo la que se puede armar, le dijo, y que no era nada personal, es un tema de administración. Y, para demostrárselo, le dio un papelito con una dirección:
–Andate ahí y preguntá por el Tandoro. Si no le caés muy mal te va a dejar quedarte.
Julio no supo si debía agradecerle o cagarlo a puteadas. Indeciso, se fue en silencio, pensando que quizás en unos días le dejaran recuperar sus cosas. Por el momento tenía un bluyín rotoso, una camisa de manga corta con algunos botones, zapatillas que podrían estar peor; por suerte era verano. Ya en la puerta miró la dirección: era en Quilmes, no podía ir hasta ahí en mitad de la noche, así que se fue a dormir a la estación. La verdad, las baldosas de Constitución estaban mucho más frescas que el asfalto de la calle.
Julio vivió años en la villa Manubrio, lo más pobre de Quilmes. La entrevista con el Tandoro fue decisiva: el tipo –un sesentón morocho de panza desbordada, el pelo bien serrucho, pocas arrugas, una pistola sobre el hule de la mesa, los ojos entornados– lo recibió en su ranchito de ladrillos, le dijo que se sentara con él ahí en la puerta y que ese era un lugar para los que no tenían ningún otro lugar y que él, Julio, no parecía de esos, así que él, Julio, tuvo que convencerlo de que sí: que había estado en cana, le dijo, para empezar con un buen golpe bajo, que había intentado empezar de nuevo y no había funcionado y que llevaba meses buscando laburo y no había caso y que estaba harto de la Argentina y del mundo y de la gente y de un par de cosas más que ya se iría acordando si le daba un rato. Más tarde, cuando lo recordaba, lo impresionó notar lo fácil que le había salido su sarta de mentiras –y se preguntaba si realmente lo serían. El Tandoro le dijo que bueno, que al fin y al cabo eso de no tener ningún lugar es una sensación y que no había ninguna regla, que no se preocupara. Pero que ahí en la villa sí que había que cumplir con unas reglas: que le iban a dar un cuarto en un ranchito compartido con otros dos, que tenía que aportar algún laburo, lo que supiera hacer, por lo menos tres veces por semana, que por el morfi no se preocupara porque había un comedor que funcionaba bien y que no había que afanar ni toquetear a las minas ni cogerse a ningún chico ni pelearse: que si cumplía con esas cosas nadie lo iba a joder.
–¿Y usté qué es, acá, como un patrón?
–No, hermano, qué patrón ni patrón. Yo soy el que organiza, o por lo menos trato.
–¿Y por qué lo hace, maestro? ¿Le garpan bien, se le entregan las minas?
Julio buscaba, como es lógico, una lógica.
–Lo hago porque me gusta y porque puedo, papá. Me gusta pensar que los ayudo a ustedes, que de últimas me deben algo, ¿me entendés?
–¿Qué quiere que le deba?
–No, papá, no te lo tomes tan derecho, tan a pecho. Que me respetan, quiero decir, que me agradecen. ¿Te parece poco?
Julio se quedó mirándolo: no sabía si el otro esperaba una respuesta.
–¿O qué, te parece mejor hacerse de oro y comprarse una máquina, o salir de caño y creerse el más vivo del barrio, o qué? Esto es la papa, papá: que ustedes me agradezcan.
Era fácil vivir en la villa Manubrio. El trabajo era corto y no muy duro –limpiar, pintar, cuidar a un paralítico, ayudar a arreglar un ranchito, pinchar un cable de electricidad para darle corriente a una señora– y la mayoría de los habitantes –más hombres que mujeres, más morochos que blancos, más sobrios que borrachos– eran amables, solían sonreírse. El comedor no siempre funcionaba: a veces se encontraba un papel en la puerta –siempre el mismo– que decía “cerrado por racones de fuerca”, para decir que ese día o esa semana no les habían entregado la mercadería –pero entonces los vecinos se organizaban y armaban una olla delante del rancho del jefe y todos o casi todos llegaban con sus platos y cucharas: se buscaban la vida. Julio había abandonado su rigidez alimentaria y se sentía más leve: ¿cómo puedo haberme pasado treinta años comiendo siempre la misma tontería? ¿Y era porque tenía miedo de perder el tiempo? ¿El tiempo para qué?
En algunos ranchos había televisión y algunos vecinos se juntaban a ver el noticiero; a Julio esas historias le importaban tres carajos: ¿para qué me voy a amargar con las boludeces de estos hijos de puta, decía, si a mí nunca van a darme nada? A veces miraba un partido de fútbol, pero se distraía. Pasaba mucho tiempo distraído, musarañas volándole en los ojos: le gustaba esa sensación de ser muy poco, se acordaba de esa época en que se peleaba por cualquier boludez y no entendía. Estaba tranquilo; lo que no le gustó fue que el Tandoro había prohibido los perros. Uno medio loquito se morfó un chico hace dos o tres años y el quía dijo que los matáramos a todos y nunca más quería ver uno acá en la villa, le contó a Julio un vecino cuando le preguntó.
–Si te ve con un perro te raja. Ahí sí que no negocia nada.
Julio se pasó años juntando fuerzas para irse. Fuerzas tenía o podía tener: lo que no encontraba eran razones. A veces algún quilombo, alguna violencia inesperada lo llevaba a pensarlo; después se imaginaba su vida en otro lado y prefería quedarse. Se reía, se decía que había descubierto su lugar. Sentía algo raro, como que había crecido, y a veces lo sorprendía pensar que crecer era vivir ahí. Acá, por lo menos, pensaba, nunca voy a matar a nadie. A veces imaginaba que llamaba a su hermana, que volvía a casa de sus padres –si vivían. Era tan cerca, le quedaba tan lejos. Y, por razones que no tenía muy claras, nada le parecía más triste que ese regreso: habría sido como anular las décadas pasadas desde que la dejó, como aceptar que todo eso no había sucedido. Era volver a ser aquel, el Loco, el Petiso, el forastero, el calentón, el fracasado. Acá no era nada de eso: no era nada. Se había resignado, su mundo se había reducido a esas veinte manzanas y era mejor: igual afuera todo era una mierda. Bebía, pero sin exagerar, cuando le convidaban, fumaba igual, se rascaba las bolas cuando le daba por rascarse las bolas; vivía casi sin plata ni ninguna expectativa: era más cómodo.
Hasta que un día, ya en 2023, la primavera, hubo un tumulto raro en la entrada del barrio: Julio se acercó porque no tenía nada mejor que hacer y vio que una banda de gente rodeaba una camioneta donde un tipo muy raro, un petiso de pelos revueltos, parado en la caja, revoleaba una motosierra y gritaba algo que no alcanzaba a oír. El hombre le pareció un poco estrafalario y la sierra hacía un ruido que tapaba las palabras; sus seguidores tampoco parecían saber bien qué decir. Era una escena rara, entretenida. Esa tarde le preguntó al Tandoro quién era ese señor y él le dijo que un candidato a algo, un tal Milei, que anda diciendo que si lo votamos nos saca de pobres.
–¿Y usté le cree?
–No, qué le voy a creer. ¿Cuántos nos han dicho ya lo mismo?
–¿Y lo va a votar?
–Y yo qué sé, Julito. En una de esas… ¿Y vos?
–Y yo qué sé, maestro.