Vidas de JM
Vidas de JM Novela interactiva de Martín Caparrós

No era que le gustara pero no le disgustaba. O sea: no era que se pasara las horas sintiéndose feliz de estar ahí pero, de todos modos, eso nunca le había sucedido ni esperaba que le sucediera. Y se decía que hasta entonces había fracasado tan tupido –el fútbol, el rocanrol, la facultad, las relaciones– que si se encontraba algo donde las cosas más o menos funcionaran no tenía que desperdiciarlo. Y que de todos modos era provisorio, que serían uno o dos años más hasta que terminaran de cicatrizar las viejas heridas, pero cuando el Pelado Alberdi, su patrón en el Porco Cane, le dijo que iba a cerrar porque se iba a vivir a Córdoba –para que sus hijos pudieran estudiar, le dijo, y no fueran payucas pueblerinos como él–, Julio se desesperó. De pronto todo ese mundo que había pensado dejar lo dejaba a él y no quería y no veía cómo hacer para evitarlo y le daba pudor tanto deseo de evitarlo y no podía creer que todo fuera siempre tan difícil. Decididamente este país de mierda lo complica todo, pensaba, una vez más: acá no se puede vivir, siempre hace algo para joderte.

Se enfermó: cuatro o cinco días con terribles dolores de cabeza, sin salir de su casa, sin contestar el teléfono ni el timbre ni los golpes en la puerta de la santiagueña preocupada que le llevaba sopas y terminaba por tirarlas, a las puteadas, en la entrada. Hasta que al fin tuvo una idea: habló con su patrón y le propuso quedarse con el criadero a cambio de una suma mensual –un porcentaje de las entradas– que el hombre, si cerraba, perdería. Estaba claro que, además, lo del colegio de sus hijos era una excusa mala: lo cierto era que la perrera no estaba funcionando, cada vez tenía menos clientes y, por lo tanto, menos perros, la cosa se caía. Así que el negocio era redondo y Alberdi agarró viaje. Julio no sabía si podría cumplir: dudó, dudó y al fin se dijo que si no podía no podía, se iba, se perdía y que le echaran los perros.

Julio empezó con un par de arreglos simples –repintó todo y eliminó el olor a mierda, aumentó la oferta con razas raras que podían pedirse por catálogo, le servía un cafecito a los clientes, intentaba intensamente no putearlos– y pronto Porco Cane fue un éxito. En unos meses cualquiera que quisiera comprarse cualquier perro en San Francisco y los campos cercanos lo iba a buscar allí, a la entrada del pueblo, donde crecían la casa y los caniles. La mayoría sabía que esos bichos no siempre tenían el pedigrí que Julio les decía, que a menudo venía dibujado, pero que eran buenos animales y los precios habían bajado mucho. Era un clásico pacto argentino: te cobro menos y simulo que te vendo los mejores perros, te pago menos y simulo que te creo  –y todos sabemos que son de cuarta pero hacemos como si fueran de primera. Julio se pasaba todas las horas del día en su fábrica de perros, cuidándolos y recibiendo compradores. A veces se le salía la cadena e insultaba a alguno; los locales se reían y la cosa empezó a formar parte de la experiencia Porco: había que conseguir que ese loco de mierda no te reputeara. Para algunos era un juego gracioso; para otros, un verdadero desafío: cómo vas a dejar que te putee un gallina que se cagó en las patas y tiró el coche a la banquina como dos cuadras antes.

Se sabía, en todo el pueblo se sabía, pero nadie se lo decía en la cara. Y Julio trataba de olvidar y estaba feliz con su nueva condición de dueño, se lo veía distinto: cuando se lo decían él contestaba que al fin y al cabo hacía lo mismo que antes, pero sabía que no es igual ocuparse de lo tuyo que cargar lo de otro. El ojo del amo engorda los perros, se decía, se reía, y se regodeaba aplicándose esa palabra nueva: amo. Ojo, que ahora soy un amo. Una tarde, en una de esas calenturas que se le escapaban, se lo dijo a un chacarero que le quería comprar un salchicha. Julio le estaba diciendo que no fuera gil, que a un salchicha en la granja se lo iban a comer las gallinas ponedoras y que si quería un felpudo él le podía vender uno y más cosas de esas y al final el chacarero se cansó y le dijo que se callara la boca cagón del orto vos sos el último que puede hablarle a nadie de gallinas y qué mierda podés saber lo que yo necesito y Julio le dijo que lo que necesitaba era un amo como él que le dijera lo que tenía que hacer y el chacarero se le tiró encima y uno de los mastines salió a defender a su amo y le arrancó media oreja al chacarero. La sangre corría a chorros, el chacarero gritaba poseído, Julio felicitaba a su perro defensor, el chacarero sacó un revólver y tiró. Estaba tan boleado que la bala se le fue a cualquier lado, y fue su ruina: si se hubiera quedado piola, pura víctima, el chacarero podía llevarlo a juicio y quedarse con todo; después de haber tirado, en cambio, lo mejor que le podía pasar era enterrar todo el asunto.

–¿Y sabe cómo se llama este fiel defensor?

Le dijo Julio al tipo –casi sesenta años, grande, gordo, la camisa en jirones, la oreja que seguía chorreando sangre, desparramado sobre el barro.

–Elamo se llama, elamo. Por eso se le tiró encima.

El chacarero nunca lo entendió.

En esos días, la palabra amo se le cruzó también de otra manera: bajo la figura de Berta Cavalli, una mujer de unos 40 años, flaca, casi rubia, más alta que él, de una de esas familias piamontesas que habían colonizado la zona un siglo antes. Colonos que prosperaron trabajando como perros, ahorrando como perros, viviendo vidas perras para armar un futuro que sabían lejano y siempre se alejaba más. Berta, para más datos, era prima de uno de esos dos pibes que se habían matado de puro machos en la ruta. El noviazgo fue breve: ninguno de los dos se hacía grandes ilusiones románticas; eran –y en eso consistió su pacto y su armonía– dos adultos solos que entendieron al mismo tiempo que vivirían mejor si vivían con el otro, si se ayudaban mutuamente, y decidieron llevarlo a la práctica sin moñitos rosas.

La sociedad funcionaba. Se trataban con amabilidad y mucho respeto, se cogían con el mismo respeto, se iban haciendo amigos poco a poco. Cada tanto Julio dormía en alguna de las perreras, para que la otra no se hiciera tantas ilusiones, no se creyera que lo tenía agarrado; Berta le toleraba esas pelotudeces con la sabiduría de quien puede distinguir el drama de la tontería. Berta era austera, poco dada a excesos y explosiones, pero tenía la casa y las perreras hechas un níquel y atendía a su marido con todos los cuidados. Salvo ese que Julio de pronto empezó a extrañar: no podían tener hijos. Él nunca había pensado que quería: tenía miedo de ser como su padre. Pero el fracaso lo fue calentando más y más: lo que no quería era rendirse ante la realidad. Un sinfín de análisis en un sanatorio de Rosario definió que la estéril era ella; la mujer, cuando lo supo, temió que Julio la despreciara, primero, y después la dejara; él le juró y perjuró que no, que cómo podía pensar eso.

Así que adoptaron a sus perros: hijos raros. Eran una progenie peculiar: no que tal o cual cachorro se quedara con ellos como un vástago; el hijo perro era más bien una función que todos esos animales podían cumplir por turnos, por momentos. El hijo no era tal perro sino cientos de perros, ladridos y mordiscos y mierda y la carnaza y cada venta. Había algunas que les dolían especialmente: Berta solía preguntarle qué tipo de personas eran que estaban vendiendo a sus hijos todo el tiempo; Julio no se reía de la supuesta broma, muchas veces le contestaba mal. A él también le costaba vender algunos en particular: se encariñaba, desarrollaba relaciones especiales, pero al final se resignaba, se consolaba con que llegarían otros. Al fin y al cabo, se decía, por más cariño que le tengas, un perro es un perro es un perro es un perro –así que no jodamos. Y, de últimas, era su triunfo: tanto tiempo deseando un perro y ahora era el amo de tremenda jauría, montones de animales rigurosamente clasificados en sus jaulas, sus falsos pedigrís, sus precios, pero todos suyos, todos suyos, suyos.

La sociedad franciscana había terminado por integrarlo: al fin y al cabo ya era un propietario. Julio era miembro de la comisión del club de bochas, lo invitaban a las cenas rotarianas, lo consultaban incluso sobre ciertas decisiones. Y una vez al año él y Berta dejaban la jauría en manos de Facundo, el capataz, y llenaban la camioneta y se iban a conocer algún rincón del país: Julio despreciaba a esa gente que prefería gastar su plata afuera, los burlaba, les decía –algunas noches, en los trucos y canastas del club– que si no les alcanzaba la Argentina, que nuestro país –decía “nuestro país”– tenía más que suficiente para llenar cuatro o cinco vidas y que para salir afuera primero había que conocerlo todo. Y que recorrer y conocer la Argentina era hacer patria y que incluso a él, que la había andado tanto, todavía le faltaba mucho, decía, y se besaba un anillo que llevaba siempre en el anular izquierdo, plata maciza y, en lugar de la piedra, un esmalte con los colores de la celeste y blanca. Uno de los mayores atractivos de esos viajes era, aunque no se lo dijeran, pasarse un mes sin ver un puto perro.

Una vez al año, también, el matrimonio viajaba a Buenos Aires a visitar a la familia Méndez: su padre, su madre, su hermana. Le daba gusto ver a Karola, aunque lo impresionaba cuánto se parecía a su esposa –y hacía todo lo posible por no estar nunca solo con ella. De todos modos, solían quedarse menos que lo previsto: Julio se sentía incómodo en ese retorno a un núcleo que nunca había querido y, para no decirlo, no paraba de decir que la ciudad era imposible, que cómo se podía soportar esa aglomeración y ese batifondo, que no se puede vivir tranquilo sabiendo que un metro sobre tu cabeza hay unos pies y un metro bajo tus pies otra cabeza, que los porteños no sabían vivir y que además eran sucios y arrogantes.

A sus 45, Julio parecía definitivamente instalado en su pueblo cordobés y sus caniles –y no le pesaba. A veces pensaba que era curioso terminar tan lejos de su lugar y de su historia, pero lo tomaba como una suerte o, incluso, un don de Dios –y se lo agradecía. Todo estaba bien, aunque era cierto que sus relaciones con su mujer habían cambiado: ella se veía cada vez más reticente a “cumplir con sus deberes conyugales”, como decía don Alipio, el cura de San Pedro. A Julio no le molestaba: suponía que era la consecuencia de la decepción de su esterilidad y, de todos modos, él tampoco le tenía tantas ganas. Así que la escasez sexual se volvió parte de sus costumbres, su rutina; a lo sumo, en sus noches de perrera, Julio se buscaba una hembrita peluda para dormir abrazado a algo tibio. Algunas veces lo pensó, pero al final no pudo o quiso decidirse a amarla como correspondía. Y la vida matrimonial seguía rodando –hasta ese día.

Ese día Julio se había tomado el ómnibus a Santa Fe: tenía que hacer unos trámites y prefería no manejar, así podía comerse, antes de volver, su bife con puré sin mezquinar el vino tinto. Solo que, cuando el ómnibus pasó delante del hotelito que había en el cruce de Clucellas, justo al lado de la estación de servicio, él estaba sentado en una ventanilla a la derecha y pudo verla. Allí estaba estacionada su camioneta, la ford blanca con el perrito dibujado, inconfundible; pensó que se la habrían robado, pero no quiso apurarse: ya haría la denuncia cuando llegara a San Francisco. Trató de serenarse la media hora que faltaba; no lo consiguió. Pero peor fue cuando salió de la terminal de ómnibus: ahí, en la vereda, lo esperaba Berta, su mujer, sentada al volante de su camioneta.

Berta tenía la ventanilla baja y las mejillas rojas: el calor apretaba. Julio la besó y se fue a sentar al otro lado. Cuando ella arrancó, Julio quiso contarle su extrañeza: que le había parecido ver la camioneta delante del hotelito por horas de Clucellas y pensó que se la habían robado. Berta trató de sonreírle y balbució que no, que sería una casualidad, que como podía ver no había pasado nada. Julio tardó un momento más en terminar de ver la escena: en ver lo que había visto pero no registrado. Delante del hotelito de Clucellas, al lado de su camioneta, había una furgoneta roja que él conocía bien, con un logo que la hacía inconfundible: “Ali-mentar”, pintado en letras blancas, la marca de Afredo “Ali” Pizzurno, un primo segundo o tercero de Berta que, además, les vendía la comida para todos sus perros.

–¿Y Ali cómo anda?

Le dijo de pronto a su mujer y ella balbuceó un par de ruidos –las mejillas rojísimas– antes de contestarla que bien, supongo, yo qué sé, por qué me hablás de él.

–Vos ya sabés por qué, Berta. Nunca imaginé que fueras a hacerme una cosa así.

Le dijo Julio y se quedó callado. Ella seguía manejando hacia el chalet, también en silencio. Él pensaba lo rara que es la vida: si hubiera tomado el ómnibus siguiente, si se hubiera sentado del otro lado del pasillo, si hubiera estado dormitando o incluso leyendo algo, si un pajarito lo hubiera distraído, si tantos si, nunca habría visto la camioneta blanca junto a la furgoneta roja en la puerta del hotel por horas. Pero la vio y, desde ese momento, su vida se hizo otra. Primero pensó en asesinarla: acababan de llegar a su casa, su casa ya no le parecía su casa, su mujer su mujer y tuvo la idea muy clara de que todo eso era superfluo y que sobraba ella. Ella había matado su vida, todo lo que habían construido en esos años, así que, sin pasión, sin desbordes, le pareció que para completar la destrucción debía matarla. Durante unos minutos –¿o segundos?– se preguntó cómo sería lo más fácil y eficaz, que si un cuchilo, que si un martillo en la cabeza, que si era más fácil subir a buscar la escopeta; en eso estaba cuando pensó en las consecuencias. No le importaba que Berta se muriera, que no existiera más: era lo lógico. Pero se dio cuenta a tiempo de que eso acabaría también con su vida y que no quería pasarse 15 o 20 años preso por esta hija de puta. No quería semejante cambio: de hecho, lo peor de todo esto era la dimensión del cambio que había provocado, y él no quería nada de eso.

Cambiar era un quilombo. Julio no se fue, Berta tampoco. Siguieron viviendo en la misma casa como si fueran dos: se hablaban poco, no compartían sino lo estrictamente necesario. Aquella tarde Julio le había dicho, seco, la voz sin emociones, que se instalara en el cuartito de los hijos que no habían tenido; Berta le había hecho caso. Intentaban ser amables el uno con el otro: ella seguía preparándole las comidas, él le consultaba con tono reposado asuntos del negocio, algunas noches incluso miraban juntos una película en la tele. Los dos habían aceptado –sin decirlo– que era mejor eso que la separación. Julio se sentía profundamente desdichado: él siempre había tenido tanto miedo de la cárcel y de pronto la tenía en su casa. Pensaba opciones pero no encontraba: ya era un tipo grande, no quería volver a Buenos Aires, lo único que tenía en el mundo era ese chalet y los caniles y los perros y al fin y al cabo nada era tan grave. Con el tiempo volvieron incluso a dormir juntos: una noche, cuando Julio ya estaba acostado, ella apareció con un camisón largo, le dijo que estaba harta del cuartito y se metió en la cama matrimonial sin más palabras. Desde entonces los dos durmieron juntos, sin tocarse, casi sin hablarse, durante varios años. Era, pensaba Julio, una forma posible, y al que no le gustara que viniera y le chupara bien un huevo. Solo se turbó aquella madrugada en que pensó que seguro que sus padres vivían así desde hacía décadas. Y pensó que entonces entendía por qué su padre le pegaba y que por suerte él no tenía hijos pero que Berta se podía merecer dos o tres chirlos. Ella dormía, ahí, a su lado, roncando sin estrépito; ya iba a ver cuando se despertara.

Julio se levantó, fue hasta la silla donde había dejado el pantalón, le sacó el cinturón de cuero negro, se enrolló la hebilla alrededor de la mano derecha, probó el cuero gastado contra la izquierda tres o cuatro veces, se sonrió.