Hoy mi amiga Marisa me dijo que era una incomprendida, y de pronto entendí. Mi amiga Marisa es una novelera, le gusta inventarse dramas y decía que era una incomprendida porque se quiere teñir el pelo de rubio y su mamá le dijo que para eso por lo menos tiene que tener 15 años, así que todavía le faltan varios, y que si seguía hablando de eso la iba a dejar sin tele una semana. Y a mí, la verdad, me parece que su mamá tiene razón, pero lo que me gustó fue la palabra incomprendida: como que es alguien que quiere cosas o que hace cosas que los demás no entienden y le hacen algo por eso, lo molestan porque no lo entienden. Ahí fue que me di cuenta: entonces el que es un incomprendido es mi hermano Juli.
Pobre, ya tiene como 17 años, va a terminar el colegio y parece tan solo. Si estará solo que a veces viene a contarme sus cosas a mí, su hermanita, que soy casi una nena. Y a mí me gusta que venga, claro que me gusta, pero me da como una pena por él, ya tendría que tener una novia o un amigo o alguien para contarle sus historias. Yo lo escucho, me entretiene escucharlo, me hace sentir más grande, aunque las cosas que me cuenta son bastante aburridas, me habla de que tal padre lo cagó en tal materia, o que los chicos de su clase son una banda de idiotas que no me puedo imaginar, o que Gustavo le dijo que quiere ser fiambrero, imaginate. Yo no soy ninguna lumbrera, pero las cosas que me dice me aburren, no me aportan nada. Y sin embargo me gusta poner cara de interesada, de cómplice, para que sienta que yo lo acompaño y me necesite un poco más, me necesite.