Vidas de JM
Vidas de JM Novela interactiva de Martín Caparrós

La señora Beba ha llevado a la nena a la peluquería y los dos varones Méndez –el padre Alberto y su hijo Julio– están solos en la casa. Son menos de las siete de la tarde: antes el padre nunca estaba ahí a esas horas, pero desde que tiene más coches y algunos empleados a veces vuelve más temprano. Los dos están sentados juntos, descalzos, en el sillón de cuerina verde frente al televisor: miran –pero no mucho– una serie de cowboys todavía en blanco y negro. La señora Beba ha insistido tanto en que se compren un televisor color, que ya pueden permitírselo, que los del 4ºC ya se lo compraron, pero por alguna razón confusa su marido, que en general le da los gustos, se emperró y le dice que si ese aparato les servía hace diez años también les sirve ahora, que si toda la vida han mirado televisión en blanco y negro por qué ahora de pronto tienen que cambiar y cosas de ese estilo: se retoba, se refugia en la historia. Y es probable que el señor sepa que al final va a ceder, porque suele ceder, pero parece como si considerara una victoria cada día que pasa sin rendirse. Julio, ya catorce años, creyó que había entendido algo del asunto y quiere congraciarse con su padre. Lo viene intentando desde siempre:

–Papá, qué boludez eso del televisor color, ¿no? Con lo bien que se ve en blanco y negro.

–¿Y vos qué carajo sabés de eso? ¿Alguna vez viste uno color, para poder comparar, gil? ¿No ves que sos un gil?

Julio se calla, se concentra en esos cowboys grises. Durante unos minutos el único sonido son los diálogos del Oeste con acento caribeño. Al fin el padre habla. Quizás haya pensado que estuvo demasiado brusco –o no lo suficiente.

–Nene, ¿vos nunca estuviste con una mina, no?

El hijo lo mira con toda la sorpresa, fijo, intenso. En el televisor hay una balacera pero el chico no mueve la cabeza.

–No sé, papá, sí, estar estuve… No, pero creo que como vos decís no estuve.

–Si te cogiste a una mujer, boludo, te estoy preguntando. Si te cogiste a una mujer.

El chico, turbado, tarda un momento en decirle otra vez que no y, colmo de audacia, le agrega un por qué.

–No, ¿por qué?

–No, por nada, quería saber, nomás.