Y otra vez volvió con el ojo todo hinchado y otra vez cuando le pregunté qué le había pasado me dijo nada, mamá, me resbalé entrando al aula y me pegué contra la puerta. Siempre me cuenta cosas como si yo fuera tarada, y yo no soy ninguna tarada, pero en estos casos no sé qué podría hacer. ¿Qué voy a hacer? No le voy a estar diciendo todo el tiempo hijo pará, vas por el mal camino, no hay que pelearse ni mentir ni ninguna de esas cosas. Yo creo que si le digo eso va a ser motivo para que las haga más todavía, pero tampoco puedo no decírselas, porque el deber de una madre es decirlas y tratar de que su hijo salga mejor aunque no tenga muchas esperanzas pero igual, no es cosa de esperanzas o falta de esperanzas, lo que importa es hacer lo que se supone que tenés que hacer y si sale mal, mala suerte, qué se le va a hacer, vos hiciste todo lo posible y por lo menos te quedás tranquila.
Y además una ya tiene suficientes problemas como para tener que ocuparse también de eso. Yo ya tengo suficientes problemas. El quedado de mi marido recién ahora está empezando a darse cuenta de que no se puede pasar la vida trabajando para otros, recién ahora está empezando a ganar algo de plata con esto de los taxis, que otros trabajen para él, no él para los otros, y con eso vamos estando un poco mejor, pero igual todavía nos falta mucho. Y Karolita, que si sigue así va a sufrir mucho en la vida pero no sé qué hacer, cómo hacer para cambiarle las ideas, para que no sea tan puta, pobrecita, tan chiquita. Y sobre todo yo, al fin y al cabo, yo: si alguien me hubiera dicho hace veinte años que esto iba a ser mi vida me hacía monja y me iba a salvar negritos al África, qué se yo, o me levantaba a un viejo con guita y me salvaba yo, no sé, cualquier cosa menos esto. De verdad no puedo creer que esto sea mi vida: criar a este enfurruñado que no para de pelearse y siempre pierde y a la pobrecita que parece demasiado viva como para pasarla bien, y tener que ocuparme de la casa y mantenerla limpia que si no el cabrón de mi marido se le sube la sangre a la cabeza y empieza a buscar a quién pegarle y adivinen qué es lo que le queda más fácil y más cerca. Y una vez por mes salir a cenar una pizza con los chicos y dos o tres veces al año ir a un restaurante y la primera vez que vi el mar fue ahora, el año pasado, que por fin el quedado nos pudo llevar de vacaciones, pocos días pero vacaciones y se nos dio de ir a Mar del Plata: una semana en Mar del Plata. Nada, parchecitos, una vida de mierda; de verdad, si alguien me hubiera dicho que esto iba a ser así salía corriendo. Pero no te lo dicen, los muy turros, para que caigas vos también. Ahora sé cómo es, pero claro, ahora ya es tarde. Y entonces me pregunto si yo tengo que hacer lo mismo, no decirles a mis hijos nada o mejor decirles que es todo una mierda y que se busquen la manera de zafar. No lo sé, de verdad no lo sé. Porque si no se lo digo estoy haciendo lo mismo que todos los demás, pero si se lo digo los amargo, los pongo en un camino retorcido, puedo ser la culpable de que se vayan al carajo. No lo sé, y cuando una no sabe siempre es mejor no hacer que hacer, decía mi vieja: te podés equivocar, pero te equivocás menos.