Algunas de esas noches su hermanita, que tiene su propia cama –ahora tiene su propia cama–, se escurre a la suya para consolarlo. Él le dice que cuando sea más grande y tenga más fuerza va a poder matar a su papá –al padre de los dos–; ella le dice que no diga esas cosas, que no sea bruto, que quién los va a llevar a comer un helado. Él se cabrea: una vez, como mucho dos veces los llevó a comer un helado y su hermanita lo defiende como si hubieran sido cientos. Yo te voy a comprar todos los helados que quieras, le dice él. ¿De dulce de leche?, le pregunta su hermanita y le da un beso con ruido en la mejilla.
Su hermanita es igual a él pero todo lo contrario. También tiene el pelo rubito pero nadie le dice rubita, en la escuela las otras nenas quieren jugar con ella, sus papás siempre dicen que es tan buena y dulce y obediente y es cierto que ella sí saca buenas notas, tanto que su padre dos o tres veces le compró un helado. Y también lo cuida a él, a su hermano mayor. El chico rubito se da cuenta de que ella trata de cuidarlo, de repartir si le regalan una golosina, de cubrirlo si dice una mentira, pero no sabe si ella lo hace porque lo quiere o porque le parece que es tan tonto, pobrecito, que tiene que ayudarlo y protegerlo. Entonces él le agradece mucho todo lo que ella hace por él, pero tiene momentos –momentos largos, quién sabe una semana– en que la odia y la mataría con una cuerda blanca. Y otros, también, en que la quiere más que nada en el mundo y trata de que ella se duerma en su cama –en su cama de él– así la puede abrazar mientras está dormida.