Vidas de JM
Vidas de JM Novela interactiva de Martín Caparrós

Siempre fue una pareja despareja. Mabel y Alberto se conocieron por casualidad cuando él la llevó, una tarde, en su taxi desde la estación de Retiro hasta su casa en Canning y Soler. Llovía sin tormenta, la garúa. Alberto tenía 24 años y, sentado, parecía pintón –disimulaba lo bajito. Mabel todavía no se había operado la nariz; tenía una cara que el gancho dominaba y un cuerpo bien proporcionado realzado por unas tetas desproporcionadas. Alberto era ingenioso, y alguna vez llegó a decir –pero nadie le creyó– que había empezado trabajar de peón de taxi para encontrar mujeres. Ésta, en todo caso, le llamó la atención: en 1967 todavía no eran tantas las que llevaban minifalda y Mabel, a sus 19, la tenía cortita y no sabía cómo sentarse en el asiento de atrás del Siam Di Tella. El cortejo fue corto: chistes, risas y, en la puerta de su casa, antes de que bajara, una invitación a ir ese sábado a un baile en Plaza Italia donde actuaban dos o tres suplentes del Club del Clan. Ahí empezó el romance.

Que no debería haber seguido –Mabel no quería casarse con un chofer de taxi, petiso además y no muy educado; sus padres, por supuesto, comerciantes con negocio propio, se oponían– y Alberto reconocía el valor de la presa pero no tenía ningún apuro en perder su libertad. Todo lo cual fue barrido por el resultado de la tercera cita, que terminó en un hotel por horas de Pacífico y un embarazo de primera intención. (Hubo un problema o justificación: Alberto no pensó en cuidarse porque creyó que se iba a coger a una virgen que, como todo el mundo sabía, no se embarazaban. Ya en plena labor descubrió que Mabel no lo era y le dio cierto furor y ahí, perdido por perdido, emitió sus babitas con tanta puntería que cuatro meses después entraba, con una reducida comitiva, en el Registro Civil de la calle Gorgona. El hijo, lo sabemos, no vivió demasiado.)

Sus orígenes, claro, marcaron la relación que sostendrían durante más de medio siglo. Mabel, ya cada vez más Beba, despreciaba lo popular de su marido; Alberto, ya cada vez más Beto, se resentía con los desplantes de esa mujer que, al fin y al cabo, había hecho casi rica. Los dos tenían montañas para reprocharse. Los dos sabían que, sin aquel azar, nunca se habrían elegido: ese desdén y ese rencor fueron el mejor cemento que su pareja pudo haber conseguido. A base de odios e infidelidades siguieron juntos hasta que al fin la muerte hizo lo suyo.