Seguían durmiendo en la misma habitación: en aquel departamentito de sus padres, antes de que don Beto descubriera los subsidios del Estado y empezara a hacerse un poco rico, había solo dos dormitorios, uno para los mayores y el otro para los menores, con sus dos camitas cada uno. Así que Julio, a partir de sus cinco años, se acostumbró a dormir con su hermanita, a escuchar sus gemidos por la noche, a mirarla dormir con el dedo en la boca, a preocuparse por los grititos de sus pesadillas, a verla vestirse todas las mañanas. Y fueron creciendo y la situación por momentos se les hacía inquietante y él desviaba la vista pero no del todo cuando ella se cambiaba la bombachita –ocho, nueve años– y fue terrible, tiempo después, ese día en que Karola se levantó gritando y Julio vio que la sábana de abajo de su cama tenía una gran mancha de sangre y pensó que ella se iba a morir y empezó a gritar también y entonces los dos gritaban aterrados y creían que la sangre se los iba a tragar como un tsunami y que ella se iba a morir desangrada y que nada nada nada podía ser peor. Hasta que vieron llegar a su mamá con cara de terror y romper en una carcajada: los señalaba, señalaba la sábana, se reía a los gritos. Julio quería matarla; Karo quizá, seguramente.