Él era un perro de tamaño elefante y estaba por morder a su papá –a su papá de él, de Julio– cuando se daba cuenta de que tenía la boca demasiado grande, que si mordía se lo tragaba y no quería y entonces simplemente le apoyaba una pata sobre la cabeza y apretaba, apretaba sin siquiera demasiado esfuerzo hasta que la cabeza crujía contra el suelo. Y el perro de tamaño elefante se tentaba con relamer la sangre y lo hacía pero le daba asco, tenía un gusto como a milanesa o algo frito muchas horas frito y la dejaba ahí, resoplaba, se iba, y enseguida en un lugar igual pero totalmente distinto se tropezaba con su mamá –su mamá de él, de Julio– y empezaba a lamerla, lengüetearla toda, pero con cada lengüetazo le llevaba un buen trozo de piel, una teta, una oreja, más piel, dos o tres dedos, la deshacía a fuerza de lamerla hasta que solo quedaba de ella un cuerpo despellejado, carne viva muerta con la sonrisa sin embargo, esa sonrisa que se le ponía cuando su padre –su padre de él, de Julio– lo cosía a latigazos. Y la sonrisa gritaba algo pero no se oía y Julio intentaba entenderla pero no le importaba y entonces, cuando el despertador lo despertaba, se preguntaba por qué las llaman pesadillas.