No entiendo que Dios sea como es. Cuando era más chico me gustaba: era tan bueno tener un padre bueno, yo que tenía uno terrible en casa y varios imbancables en el cole. Este era muy distinto: nos decían que nos cuidaba, que se ocupaba de nosotros, que alcanzaba con que nos portáramos bien y le rezáramos para que él nos diera lo que le pedíamos, nunca nos pegaba. Pero claro, era demasiado bueno para ser cierto. Ya cuando empezamos con la cosa de las confesiones empezó a ponerse hinchapelotas: que dice el Señor que no se puede hacer tal cosa, que dice el Señor que no se puede hacer tal otra. El Señor ya parecía un referí de los que nos tocan en los intercolegiales: agrandados, tan felices de dar órdenes y siempre se equivocan a favor de los otros. Y acá el Señor se había vuelto eso mismo, un referí, un botón, siempre juzgando lo que hacías o no hacías, siempre con algún castigo preparado, siempre dedicado a demostrarte que te tenía agarrado de los huevos. Y acá no estoy haciendo imágenes: tantas veces algún padre nos agarró los huevos en nombre del Señor, que si tenemos que confiar en él, que si tenemos que querernos en el amor divino, que si tal, que si cual pero siempre lo mismo. Y Dios ahí en el medio tan campante, sin hacer nada aunque el padre Luciano me metiera dos dedos en el orto y me hiciera doler como la puta madre. Recuerdo que esa tarde se me saltaban las lágrimas y le pregunté al padre Luciano por qué me estaba haciendo eso y me dijo que porque mi confesión había sido incompleta y que entonces ése era mi castigo para que viera que a Dios nadie lo engaña. Y yo entonces le dije que le había dicho todo salvo dos o tres pajas pero nada tremendo, tonterías, y el padre apretó más, los metió más, ¿viste que te había dicho que mentiste por omisión al confesarte? ¿O vos te creés que Dios te va a dejar mentir asi nomás?
No sé si fue esa tarde o al día siguiente o unos días después: yo ya tenía casi doce años y decidí que no podía respetar a un dios que lo que quiere es meterme media mano en el caño del orto, y me dolía como la puta madre y ahí ya empecé a odiarlo. Es un problema odiarlo porque sabés que Él es más grande y es más fuerte y te va a ganar siempre, pero parece que así es la vida y qué se le va a hacer, resignación cristiana.