Vidas de JM
Vidas de JM Novela interactiva de Martín Caparrós

Me impresiona cuando me acuerdo de cuánto me gustaba leer, cuántas horas me pasaba leyendo cuando era chico. Leía como un hijo de puta, leía, leía, leía, no paraba. Tanto que mi vieja estaba preocupada –“¿no nos habrá salido puto?”– y mi viejo le decía que no, que no se calentara, que si tenía alguna falla –si yo tenía alguna falla– con los azotes que me daba me la estaba arreglando. Pero lo que no le gustaba era que yo le sacaba las revistas que leía, porque al final casi todo lo que leía era suyo, sus revistas. Leía sobre todo D’Artagnan, El Tony, Fantasia, que tenían unos personajes del carajo. A mí el que más me gustaba era Dennis Martin, un espía inglés recanchero, que se levantaba a todas las minas y les regalaba una rosa amarilla justo antes de dejarlas, pero había muchos, Nippur, Jackaroe, qué sé yo, y mi viejo me decía que no fuera idiota: que si seguía tanto a Dennis Martin me iba a sentir muy pelotudo porque nunca iba a poder ser como él, que me convenía más leer las historias de los perdedores porque entonces me iba a sentir mucho mejor, y que esas revistas estaban llenas de esos perdedores y que antes de agarrarlas le preguntara si las había terminado y, en un momento de sinceridad rara, que ojalá leer tanto no me volviera puto. Yo le dije que no, papá, cómo se te ocurre, si me muero por Dennis Martin, que es más hombre que nadie, y él me miró raro. Después, a los 15 o así, me aburrí un poco de estas historias que parecían siempre iguales. Pero por más que traté de leer otras, no funcionó: cada vez que empezaba un libro escrito me faltaban los dibujos, todo estaba incompleto, como si los que contaran esas historias fueran medio nabos, incapaces de contarlas de verdad.